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La democracia no es el gobierno perfecto. Es el único sistema que permite corregir los errores sin derramamiento de sangre, sin ruptura, sin comenzar de cero.
Por Caty Rengifo Botero - JuntasSomosMasMed@gmail.com
Hay elecciones que definen políticas y hay elecciones que definen algo más profundo: el tipo de país que queremos ser: El próximo domingo es de las segundas.
No me refiero a izquierda o derecha, esas categorías, que alguna vez ordenaron el debate político, se han vuelto insuficientes para explicar lo que está en juego. Esta elección va más allá de las ideologías; va sobre algo más básico, más frágil y valioso: las reglas que nos permiten vivir juntos.
A esas reglas le llamamos institucionalidad, y la misma no es un concepto de manual universitario. Es la certeza de que existe una Fiscalía que investiga sin importar a quién, un sistema electoral que cuenta los votos sin que nadie lo presione, una justicia que no obedece al gobierno de turno, una Corte que revisa la constitucionalidad de las acciones. Es la garantía de que cuando perdemos una elección, la perdemos. Y cuando la ganamos, gobernamos dentro de unos límites que no podemos cruzar, así queramos hacerlo.
Esa arquitectura invisible es lo que separa a las democracias de los regímenes. Y es exactamente lo que ha estado bajo tensión en Colombia durante los últimos años. Los colombianos hemos visto, con nuestros propios ojos, cómo se habla de enemigos donde debería hablarse de opositores. Cómo se siembra desconfianza y cómo se convoca a la movilización popular como contrapeso a decisiones judiciales. El odio en los últimos años se ha vuelto una herramienta política y eso difícilmente puede considerarse gobernar.
Y aquí llega el punto que muchos indecisos evitan mirar de frente: hay una opción en el tarjetón del domingo que no representa simplemente una propuesta económica distinta o una visión diferente del campo colombiano. Representa un estilo de poder que termina dividiendo y fracturando. Es una promesa explícita, documentada, de profundizar cada una de las políticas de los últimos cuatro años. No es una lectura entre líneas. Es una declaración de principios.
La pregunta que vale la pena hacerse: no es si uno comparte o no las ideas y las propuestas que se plantean. La pregunta que debemos hacernos es: si uno cree que un país puede prosperar cuando quien lo dirige no percibe los límites de su rol. Cuando la institucionalidad se convierte en obstáculo en lugar de en marco. Cuando ganar una elección se interpreta como una licencia para redefinir las reglas del juego a conveniencia.
Entiendo el cansancio. Entiendo la desconfianza hacia todas las opciones. Entiendo a quien dice que ninguno lo convence del todo. Esa sensación es legítima y no merece ser descartada con un sermón cívico. Pero el cansancio no puede convertirse en abstención cuando lo que está en juego es si Colombia seguirá siendo un país donde las instituciones importan.
Votar con dudas, votar incómodo, es todavía votar. Es todavía participar. Es todavía decir: creo en este sistema, aunque no me guste ninguno de los que compiten dentro de él.
La democracia no es el gobierno perfecto. Es el único sistema que permite corregir los errores sin derramamiento de sangre, sin ruptura, sin comenzar de cero. Pero solo funciona si sus ciudadanos la defienden cuando más los incomoda hacerlo.
Este domingo no se trata de entusiasmo. Se trata de responsabilidad.