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Por Juan Espinal- opinion@elcolombiano.com.co

Entre promesas y realidades: el dilema energético de Colombia

A nivel internacional, nuestro avance en transición energética retrocede. Hemos caído al puesto 39 de 120 países, relegando nuestra posición como uno de los líderes en América Latina.

03 de octubre de 2023
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Por Juan Espinal- opinion@elcolombiano.com.co

Hay un evidente desfase entre las promesas y las acciones del actual gobierno respecto a la Transición Energética. Recordemos las palabras de la exministra Irene Vélez en el reciente Congreso Nacional de Minería (2023) en Cartagena, alertando sobre la “desaceleración de la economía del país”.

Es indiscutible: el sector minero energético muestra signos claros de ralentización. Con proyectos suspendidos, empresas petroleras cerrando y demandando al Estado, y el crecimiento de litigios contra la PetroTributaria, el panorama no es alentador. Proyectos como Zijjin Continental Gold han caído en manos indebidas, se ha rechazado la exploración de nuevos hidrocarburos y se suspendieron proyectos como los Pilotos de Investigación Científica (Fracking).

Un informe del DNP, la CEPAL y la Agencia Francesa para el Desarrollo alerta que recortar a la mitad la producción de petróleo y carbón llevará a la pérdida de hasta 145 mil empleos, una contracción del 3.5% en el PIB y un incremento del 5% en la pobreza. Además, la Agencia Internacional de la Energía (IEA) hace un llamado al gobierno del presidente Petro para que reconsidere sus políticas y fomente la cooperación entre sectores.

A nivel internacional, nuestro avance en transición energética retrocede. Hemos caído al puesto 39 de 120 países, relegando nuestra posición como uno de los líderes en América Latina. Según el Índice de Transición Energética del Foro Económico Mundial (WEF), nuestra puntuación es de 60.5, por debajo del 66 que logramos en 2021. Estamos rezagados, superados por naciones como Brasil, Uruguay y Chile.

Y por si fuera poco, las declaraciones del presidente Petro en escenarios internacionales generan más incertidumbre que confianza. Su reciente afirmación ante la ONU sobre llevar a cero la producción de petróleo y gas a corto plazo suscita preguntas esenciales: ¿Cómo reemplazaremos el 54% de nuestras exportaciones? ¿Cómo financiaremos el Sistema General de Regalías? ¿Cómo sustituiremos el gas que consumimos diariamente 37 millones de colombianos?

Estas preguntas exigen respuestas antes de que el gobierno nos arrastre al precipicio energético. La debilidad del sector, sumada a la incertidumbre jurídica y la falta de nuevos contratos de hidrocarburos, hace inviable alcanzar la carbono neutralidad. Además, es evidente que las energías renovables no convencionales, pilar de la transición, no son una prioridad para este gobierno. Las decisiones recientes, que modifican términos técnicos y económicos previamente acordados, solo añaden más dudas al panorama.

El activismo climático y la ideología no son buenos consejeros para el desarrollo de un país. Petro y su gobierno son más de lo mismo que ha conducido al desastre a países como Venezuela o Cuba, o si lo prefieren como la Argentina.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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Por Juan Espinal- opinion@elcolombiano.com.co

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