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Columnistas | PUBLICADO EL 02 mayo 2022

Elegir el realismo optimista

Este país que integramos, o que podría desintegrarse, necesita con absoluta urgencia salvífica un gobierno bueno, amigable, propositivo, próximo a los ciudadanos.

Por juan josé garcía posada - juanjogp@une.net.co

Prueba del subdesarrollo político es el dominio del encasillamiento ideológico. Dizque se es de izquierda o derecha y por fuera de ambas categorías no parece que se vislumbrara ninguna posición razonable. O derechista o izquierdista. Les suman las subcategorías de centro y extrema, para forzar la aceptación de los dos polos dominantes, que deberían proscribirse como enemigos del pensamiento libre y autónomo y las decisiones enmarcadas en la sensatez. Y si hay signos claros de reconstrucción y cambio, que no han sido inventados pues se ajustan a la realidad, a los datos y pronósticos basados en escenarios no solo deseables, sino posibles y verificables, cómo no va a ser el realismo optimista la opción inteligente cuando se acerca una decisión electoral muy seria.

Para no ir muy lejos, las encuestas recientes muestran esa tendencia a castigar con la rebaja en el puntaje a quien de la noche a la mañana y equivocado en el cálculo de conveniencias ha borrado el discurso mesurado, conciliador, civilizador, que definía su confiabilidad, para asumir poses de amargado intransigente y adoptar la estrategia, nada coherente en su caso, de atacar sin pausa y sin tregua a otro adversario que va en ascenso porque no es enemigo de nadie, ni representa peligro público, y en lugar de andar desacreditando a los demás aprovecha el tiempo y el espacio para cranear y exponer propuestas que parecen responsables, innovadoras y viables.

Siempre he tenido más simpatías que antipatías por el amigo Fajardo. Por su talante amistoso y pese a la escasa afinidad con muchos ciudadanos corrientes como profesor de matemáticas (mejor sería si lo fuera de historia), lo he calificado como exponente del llamado mal menor, preferible en medio de todo. Pero nunca me imaginé que fuera a dar el giro desconcertante que lo señala hoy como el aspirante antitodo, el objetor porque sí o porque no de los que le eran más próximos, escudado en un antifiquismo postizo.

Desde muchacho dejé de ser militante, aunque mi partido ideal ha sido, vaya que sí es ideal, la Democracia Cristiana. No estoy ni en ni con ninguna campaña. Si pretendiera hacer proselitismo no causaría ni un voto ni le haría bien a un candidato. Cada cual, que vote en conciencia, pero, eso sí, con la autonomía personal que haga valer la mayoría de edad ilustrada. Sin obediencia a ninguna ideología obnubilante. Y consciente de que este país que integramos, o que podría desintegrarse, necesita con absoluta urgencia salvífica un gobierno bueno, amigable, propositivo, próximo a los ciudadanos, claro, sencillo y frentero, sintonizado con las corrientes mundiales más avanzadas y eficientes y tan distante como se pueda de la aborrecible manía de cultivar queridos viejos odios primitivos y mortíferos. Por eso me atrae el realismo optimista, que no desconoce ni acepta los factores y elementos de la injusticia social, la desigualdad y la violencia, la mentira, la malicia y la mala fe, pero que acepta el desafío de construir y cambiar 

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