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El respeto, ¿un commodity escaso?

¿Por qué la reflexión? Porque, contrario a lo que siempre se ha dicho, el sobrediagnóstico nunca sobra. Si queremos ser un gran país, estas divisiones culturales, sociales y económicas serán una enorme barrera.

hace 2 horas
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  • El respeto, ¿un commodity escaso?

Por Carlos Enrique Cavelier - opinion@elcolombiano.com.co

En un artículo publicado esta semana, Francis Fukuyama, el gran politólogo de la Universidad de Stanford, alumno y sucesor de Samuel Huntington, hizo una afirmación tajante: el problema de los “Oessis” (como se llama a los antiguos alemanes orientales), que alimentó el ascenso de la AfD (Alternativa para Alemania), hoy el partido de derecha más temido de Europa, no era su calidad de vida. La crítica de Fukuyama no apunta al reparto de bienes materiales, sino al reparto del respeto.

Desde antes de la caída del Muro, y como secuela de la división alemana pactada en Yalta en 1945, existía ya cierto desdén de la República Federal hacia la República Democrática Alemana.

El esfuerzo de la antigua RFA por elevar el ingreso de los territorios de la RDA fue enorme: cerca del 4 % de su PIB durante años, empezando por la conversión 1:1 entre los marcos de ambas naciones (que en el mercado negro era de uno a cinco), la extensión del sistema pensional y de salud, y las inversiones en infraestructura y renovación urbana.

¿Por qué, entonces, el sentimiento de desprecio y distanciamiento entre los antiguos alemanes orientales? Fukuyama lo reitera: no se repartió respeto. No se los recibió como “buenos ciudadanos”, las élites no los incorporaron, prevaleció entre ellos el miedo a perder estatus social y no se trasladaron allí las empresas.

¿Por qué nos atañe en Colombia la distribución del respeto? Porque la Colombia marginal padece lo mismo, pero no solo la falta de respeto, sino también la de oportunidades económicas: el Cauca, El Chocó, las comunidades indígenas y afrodescendientes, la pobreza de la Costa Caribe y, en general, del campo colombiano.

La AfD colombiana, desde orillas ideologías opuestas, es claramente el Pacto Histórico, que entendió, escuchó y llevó al gobierno a esas poblaciones invisibles, social y económicamente, para nuestro statu quo. Pero generó también una política identitaria que enfrentó a esas poblaciones olvidadas con las clases medias y altas, promoviendo resentimiento y odio.

¿Por qué la reflexión? Porque, contrario a lo que siempre se ha dicho, el sobrediagnóstico nunca sobra. Si queremos ser un gran país, estas divisiones culturales, sociales y económicas serán una enorme barrera.

Si alguien enfrentó un problema parecido tomando el toro por los cuernos, fue Estados Unidos en los años cincuenta y sesenta, con su apoyo al movimiento por los derechos civiles de la población negra. El respaldo de Kennedy y de Johnson incluyó acabar con símbolos terribles como la segregación en baños, buses y colegios; tanto, que luego por orden judicial se montó un sistema para llevar a niños de barrios negros a colegios blancos en todo el país: el famoso busing. Y el gesto perduró: el senador Edward Kennedy asistió al funeral de Coretta Scott King, viuda de Martín Luther King, en 2005 con un discurso memorable. Igualmente lo hicieron Bill Clinton y los jefes del Partido Demócrata al de Rosa Parks, cincuenta años después del día en que ella se negó a ceder su asiento en un bus a un ciudadano blanco en Montgomery, Alabama, en 1955.

Si nos preocupa la división hoy reinante en Colombia, la respuesta está en símbolos de empatía sincera hacia esas poblaciones, acompañados de un enorme esfuerzo en obras y en derechos, y de la creación de oportunidades de empleo. Para la muestra, un botón: el anterior obispo de Buenaventura, monseñor Rubén Darío Jaramillo, gran mediador en las conversaciones de paz entre los Shottas y los Espartanos, me decía: “Estos muchachos lo único que reclaman es un empleo formal”. Claro siempre y cuando se les ofrezca con el debido respeto y dignidad. www.coordinandosuenos.org

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