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Columnistas | PUBLICADO EL 26 septiembre 2022

El arte de incumplir y ficcionar

Lo que en pueblos más avanzados se cataloga como un defecto grave, en este país único se ha instituido como cualidad. Ser impuntual se volvió un adorno de la personalidad.

El incumplimiento proverbial de Petro le ha servido para ganar millones de votos y alcanzar la presidencia de la República. Lo que en pueblos más avanzados se cataloga como un defecto grave, en este país único se ha instituido como cualidad. Ser impuntual dejó de ser una demostración de descortesía, de subestimación de los demás, para volverse un adorno de la personalidad, individual y colectiva. Llegar tarde, no una que otra vez, sino a todas las citas, es una característica del alma nacional. La gente lo celebra. Y el poder sí que estimula ese modo de pensar y proceder, como si una de las grandes virtudes del funcionario consistiera en quedar mal por una o más horas y seguir muy carilimpio, con mayor razón si se les incumple a otros poderosos.

¿Pero acaso la impuntualidad crónica también acredita, eleva la popularidad, mejora el prestigio y la confiabilidad del mandatario, o puede rebajarle los puntajes de las encuestas y poner en entredicho su popularidad? Ahí está el problema, que podría empezar a percibirse mes y medio después de la asunción del jefe del Estado. Una cosa es ganar elecciones y otra es gobernar. Sin embargo, me atrevo a decir que tal consideración puede ser secundaria, aquí donde lo fundamental es hacer buenos diagnósticos, lucirse con las lucubraciones sobre el porqué de los graves problemas nacionales, demostrar una descrestadora capacidad discursiva, una estimable fuerza retórica, así se empleen argumentos sofísticos, se inventen estadísticas o se desfigure la realidad al envolverla en una oratoria casi admirable.

La mayoría de los colombianos se conforma con la abundancia de normas legales, como si sólo expedirlas fuera garantía de ejecución y cumplimiento. El mero texto normativo es suficiente. Programas de gobierno, planes de desarrollo, estrategias, leyes y decretos aseguran la conformidad de la gente. Si la orden de “ejecútese y cúmplase” ni se ejecuta ni se cumple, eso es irrelevante. Del discurso a la realidad no importa que haya un largo trecho. Basta con decir las cosas bien o en forma atrayente. Es un culto enfermizo y engañoso a la palabra. Y Petro es un artista para hablar, sugestionar, impresionar, movilizar, convencer incluso con sofismas y metáforas. “Se non è vero è ben trovato”. Si no es verdad, está bien expuesto.

Y así pasó con su discurso en la asamblea de la ONU. Me impresionó como pieza oratoria. Un simple análisis estilístico permite aplicarle una calificación alta. Como catador de estilos que soy en la condición de lector empedernido y viejo editor, le encontré giros, figuras literarias elegantes y originales, en fin, modos sugerentes de algún ensayo de nuestro gran ensayista William Ospina. Pero con imprecisiones, argumentos amañados, propios de un discurso con más vuelo por el espacio de la ficción que aterrizaje en la realidad. Muy a la colombiana. El arte de incumplir y ficcionar para sintonizarse con las mayorías 

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