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Columnistas | PUBLICADO EL 24 septiembre 2021

El arte de escuchar

Por hernando uribe c., OCD*hernandouribe@une.net.co

El arte de escuchar tiene los límites que cada uno le pone. Los grandes músicos son portento en el arte de escuchar, hasta ser los mejores escuchas del silencio. Quien escucha la música del silencio, llega a sentirse presa de la fascinación. Así me imagino a Juan Sebastián Bach preparándose para componer el Concierto para cuatro pianos y orquesta.

El hombre del siglo XXI vive el asedio del lenguaje, que le llega por todas partes, en las formas cada vez más imprevistas, desesperantes, desesperadas. Lo propio de los medios de comunicación, que crecen sin cesar en el arte de hablar.

Charles Du Bos (1882-1937), gran crítico francés del mundo interior del siglo XX, cuenta en su Diario cómo una noche, en un hotel, escuchaba en la habitación contigua el ruido de un violín al ser colocado en una mesa. De repente tocan la puerta. Es el violinista que viene con la urgencia de que alguien lo escuche, pues no sabe con cuál de dos hermanas casarse. Regresó a su habitación con la inmensa gratitud de haber sido escuchado.

Saber escuchar es un arte que el hombre del siglo XXI necesita con urgencia. Y más si la escucha incluye el silencio entre palabra y palabra, silencio más elocuente que las palabras. Me fascinan los versos de León de Greif: “Quieto el viento, callado, / porque otra voz se oía / tan cristalina y frágil / como jamás lo fuera / la voz de los bulbules”. “La música callada” del poeta místico.

Si saber escuchar es una aventura asombrosa, mucho más lo es la de saberme escuchar. Que yo escuche los latidos de mi corazón, que mi corazón sepa escucharse, la aventura de las aventuras. La aventura de viajar por los parajes apenas presentidos de mi interioridad, en compañía del Creador, que me habla del amor sin ruido de palabras.

“En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley [...], a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y evitar el mal: haz esto, evita aquello” (Concilio Vaticano II). Cuanto más amigo del silencio, más consigo escuchar la voz silenciosa de la conciencia.

S. Juan de la Cruz conoce admirablemente el silencio. “Sin ruido de palabras [...], como en silencio y quietud [...], enseña Dios ocultísima y secretísimamente al alma sin ella saber cómo”. En medio de tanto ruido y aglomeración, el hombre del siglo XXI tiene aquí la gran lección por aprender y disfrutar

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