Pico y Placa Medellín
viernes
3 y 4
3 y 4
Una maravilla lo que vamos siguiendo hasta que lo ineludible del contexto deja unas preguntas que evocan el dolor de la pérdida.
Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com
La escritura de Tomás González está movida por el entorno. Los lugares habitados, los personajes que conoce, con quienes toma tinto o se topa en una vereda o en una cafetería, o en los quehaceres de cada quien, luego deambulan por sus libros, se vuelven pequeñas memorias de este país, vidas que dan rienda suelta a una literatura sencilla que hace brillar una tienda de pueblo, un fragmento de algún tango, las voces que al ser como son nutren los diálogos sin artilugios.
Su libro más reciente, “Vista desde el abismo”, no es la excepción. Los veinte relatos se adentran en un pueblo que lleva sumergido varios años para dar energía a todo un país, pero que cada tanto nos recuerda las añoranzas, las soledades, las consecuencias, los momentos que se quedaron enredados en la cruz de la iglesia, en el ruido de los nuevos visitantes, en los dilemas más humanos.
El primer relato, “La casa partida”, tal vez sea mi favorito. El principio es como de leyenda, como de cuento oral, varios relatos tienen ese mismo ritmo sabroso de lo que la gente cuenta, del chisme que se vuelve casi un mito. El principio, decía, empieza así: “Hace cincuenta años un matrimonio dividió su casa en dos para no tener que separarse del todo, pues se querían, pero no se soportaban”. Y deambulamos entonces por una casa dividida con sus dilemas: “¿Cómo podían valer lo mismo los metros donde estaba el aguacate o el zapote, dijo ella, que los del lado izquierdo, el que a ella le correspondía, en donde estaba el cilantro y demás?” Una maravilla lo que vamos siguiendo hasta que lo ineludible del contexto deja unas preguntas que evocan el dolor de la pérdida, lo que cuesta vivir en un lugar donde una parte muy importante de la vida quedó sumergida.
Pero también nos topamos con un homenaje precioso a ese cuento escrito por Nathaniel Hawthorne, “Wakefield”. Aquí Tomás escribe la versión criolla de ese hombre que decide abandonar a su familia por una temporada con la intención de ver cómo es la vida de su mujer sin él. En “El huerto de allí cerca”, nos adentramos en el anonimato, en cómo el fuerte olor de la tierra puede librar de la nostalgia a un hortelano y la tentación de volver nos depara el asombro.
Los personajes de estos cuentos son como fantasmas que se niegan a naufragar. Que siguen presenciando desde la inmensidad el lugar al cual pertenecen; estos seres anónimos, si se pueden llamar así, no morirán nunca, ahora son literatura, están cada vez más unidos al mundo, al mundo de la memoria, y son acogidos “por la suavidad amniótica del lodo” y por los lectores que avivan las conversas contando cuáles son sus favoritos en el opulento abismo.