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En un mundo donde la profundidad ya la provee la IA, lo valioso podría empezar a ser lo otro: saber moverse entre disciplinas distintas.
Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com
“El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una importante”, escribió Isaiah Berlin al inicio de El erizo y el zorro, un ensayo dedicado a explorar la obra de Tolstói, pero cuya distinción inaugural es lo que más perdura del libro.
La metáfora, explica Berlin, pretende señalar “una de las diferencias más profundas no sólo entre los grandes escritores y pensadores, sino entre los seres humanos en general”: un “gran abismo” entre quienes “lo relacionan todo con una única visión central, un principio único universal y organizador que por sí solo da significado a cuanto son y dicen” (los erizos), y quienes “persiguen muchos fines distintos, a menudo inconexos y hasta contradictorios” (los zorros). En una simplificación puede que errada: los erizos tienden a ser “especialistas”, los zorros, “generalistas”.
Dante, Platón, Proust, Dostoievski y Nietzsche fueron, según Berlin, erizos. Shakespeare, Aristóteles, Montaigne, Balzac y Goethe, zorros.
Descargué el libro en PDF, con algo de desespero, antes de montarme a un vuelo largo a mediados del año pasado. La noche anterior había probado o3, el primer modelo “razonador” de OpenAI, y la intranquilidad se había apoderado de mí: el ChatGPT que hace dos años a duras penas redactaba bien un párrafo ahora había sido capaz de hacer, en el primer intento, un itinerario de viajes —con recorridos lógicos en cuanto a distancia, restaurantes, transporte, entre otros— en apenas unos minutos. Siguieron muchos otros casos de uso. Si eso era capaz de hacer ahora que “pensaba un poquito”, ¿quién se apiadaría de nosotros?
Alguna vez había escuchado la metáfora de Berlín y pensé que en ella encontraría sosiego. Pero no fue así: un buen ensayo sobre Tolstói, sí, pero lejos de ofrecer la respuesta que buscaba ante un mundo en el que, de a poco, lo “erizo” se vuelve obsoleto: ¿qué debería hacer uno cuando la IA sea capaz de dominar la “una cosa importante” de cada área con más profundidad y precisión que cualquier especialista humano?
La preocupación se disipó un poco, hasta que estas últimas dos semanas ensayé los modelos más recientes de Claude, de Anthropic —competencia de ChatGPT—, que con sus avances en código está llegando a rincones para los que pensé que faltaban años: habilidades en Excel, presentaciones de PowerPoint e informes en Word ya no tienen competencia contra su último modelo, capaz de editar directamente dentro de las aplicaciones. Wall Street ha entrado en una especie de pánico, y aunque muchos lo llaman exagerado, no es irracional: sonará extraño para quienes no usen estas herramientas, pero los últimos modelos ya están al borde de reemplazar —si bien no trabajos completos— sí la mayoría de las tareas de oficina.
Si la IA se encarga cada vez mejor de “la una cosa importante” de cada área, quizás lo que queda por defender es justamente lo contrario: la capacidad de perseguir “muchos fines distintos, a menudo inconexos y hasta contradictorios”: la experticia de los zorros. En un mundo donde la profundidad ya la provee la IA, lo valioso podría empezar a ser lo otro: saber moverse entre disciplinas distintas, ser capaz de hacer conexiones entre campos que parecen no tener nada que ver, tener criterio para decidir qué importa y qué no.
Estamos entrando a un mundo de zorros. El problema es que buena parte de la forma en que hemos organizado nuestra sociedad —empezando por la educación y el trabajo— fue diseñada para formar erizos. Con la IA, cada vez más, quedarán obsoletos muchos de ellos.
Estamos creando una máquina de erizos casi perfectos. Ahora solo nos faltan los zorros capaces de domarla.