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Asimetría de curiosidad

Mientras sus líderes estudian a fondo la sociedad occidental, de este lado China sigue siendo un objeto de comprensión superficial: su cultura, su forma de gobierno.

hace 4 horas
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  • Asimetría de curiosidad

Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com

En 2011, el entonces vicepresidente de China, Xi Jinping, visitó Cuba por segunda vez. En esa ocasión, no fue una cumbre bilateral ni un desfile militar lo que lo llevó a desviarse de su agenda hacia las afueras de La Habana: era la necesidad de detenerse en un bar en la playa, a sentir la brisa del mar mientras tomaba un mojito.

Ya antes, cuando era funcionario de la provincia de Fujian, había hecho un primer peregrinaje al mismo pueblo de pescadores, Cojímar: el mismo donde Ernest Hemingway se había inspirado para escribir El viejo y el mar.

Xi contó el episodio años después, en 2015, en una cena durante su primera visita de Estado a Estados Unidos. Ante una audiencia en Seattle, recordó las lecturas norteamericanas de su juventud: los Federalist Papers, las biografías de Washington, Lincoln y Roosevelt, y las obras de Thoreau, Walt Whitman, Mark Twain y Jack London. Pero lo que más lo cautivó, dijo, fue El viejo y el mar. Por eso el mojito en Cojímar: quería “sentir por sí mismo qué tenía Hemingway en la mente y cómo era el lugar cuando escribía esos cuentos”. Xi ha repetido el ejercicio en otros escenarios: en India citó a Tagore; en Londres, media docena de obras de Shakespeare. Queda la duda de si todo es una pose o no.

En todo caso, no es el primer líder asiático que, a pesar de las diferencias culturales e institucionales con las que se crió, manifiesta curiosidad por la cultura occidental. Está, por ejemplo, el caso emblemático de la Misión Iwakura en plena Restauración Meiji, en 1871, cuando el gobierno japonés envió a Estados Unidos y Europa medio gobierno durante casi dos años: un viaje sin agenda diplomática, sino de aprendizaje inmersivo sobre las constituciones, el ordenamiento militar y los sistemas educativos y financieros de esos países, que terminarían moldeando la Constitución Meiji. La hija de Xi se graduó de Harvard en 2014 bajo un seudónimo, y está lejos de ser la única: los hijos de los millonarios chinos estudian en universidades occidentales, ven series de Netflix y siguen deportes americanos.

En cambio, ¿cuántos senadores estadounidenses habrán leído una novela china contemporánea?

China lidera ya, sin que Occidente haya alcanzado a reaccionar, la producción de baterías, de carros eléctricos (que pronto podrían ser autónomos), paneles solares y, en general, los eslabones que definen la manufactura del siglo XXI: la capacidad productiva sobre la que se podría construir el poder económico y militar de las próximas décadas. También, aunque menos evidente, empieza a ganar terreno en el frente cultural: Temu y Shein han reconfigurado el comercio electrónico global, y TikTok ha capturado la atención de millones en todo el mundo.

Mientras sus líderes estudian a fondo la sociedad occidental, de este lado China sigue siendo un objeto de comprensión superficial: su cultura, su forma de gobierno —que ha probado su capacidad de supervivencia— y su organización industrial se resuelven en consignas vagas, a menudo reducidas a ese “comunismo” de la Guerra Fría que, medio siglo después de la muerte de Mao, explica cada vez menos el proyecto de país.

Esa asimetría de curiosidad es, a la larga, una desventaja.

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