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Nos llaman tibios e ingenuos. Nos llaman cobardes por no sumarnos a la guerra de bandos. Pero defender la democracia, las instituciones, la Constitución, la libertad de prensa y la dignidad humana no es cobardía.
Por Daniel Duque Velásquez - @danielduquev
Ser de centro nunca ha sido fácil. Pero hoy, en un mundo diseñado para la confrontación, donde las redes sociales premian la rabia y castigan la reflexión, ser de centro es casi un acto de resistencia.
No basta con decir que rechazas los extremos. No basta con señalar que la democracia no se construye con gritos ni con caudillos. No basta con pedir instituciones fuertes cuando los que llegan al poder, sean de derecha o de izquierda, parecen empeñados en debilitarlas.
Miremos el mundo. Trump ataca la democracia imponiendo un nuevo modelo de imperialismo en el que el derecho internacional parece estar condenado a su desaparición. Su desprecio por las instituciones, su discurso de odio y su uso arbitrario del poder son una amenaza preocupante. Bukele vende el autoritarismo y la violación de los DDHH como eficiencia. Putin no solo decidió que la democracia era un estorbo, sino que, con su ambición, ha convertido a Ucrania en el primer capítulo de una amenaza expansionista que difícilmente se detendrá ahí.
Y en Colombia, estamos atrapados entre un petrismo que gobierna con más espectáculo que gerencia y una derecha tradicional que ya nos demostró, con su corrupción y su indolencia, que es incapaz de ofrecer un camino distinto.
Entonces, ¿qué nos queda a quienes creemos en la deliberación y no en la imposición? ¿A quienes defendemos la Constitución del 91 y no queremos verla convertida en un instrumento para el poder absoluto? ¿A quienes creemos en la justicia social sin populismo y en la seguridad sin autoritarismo? Nos queda lo más difícil: razonar en tiempos de rabia.
Nos toca ver cómo se debilitan las instituciones que protegen los derechos humanos, cómo se politiza la justicia para atacar opositores, cómo los derechos de mujeres y minorías se convierten en moneda de cambio electoral. Nos toca insistir en que la democracia no es solo elecciones, sino también equilibrio de poderes, prensa libre y límites al abuso.
Nos toca recordar que la solución a la precariedad no es buscar culpables en los migrantes, en los empresarios o en la oposición, sino crear oportunidades reales. Que el progreso no se construye con discursos de odio ni con la destrucción de lo que ya funciona. Que la justicia no es venganza y que la fuerza no es lo mismo que el poder.
Nos llaman tibios e ingenuos. Nos llaman cobardes por no sumarnos a la guerra de bandos. Pero defender la democracia, las instituciones, la Constitución, la libertad de prensa y la dignidad humana no es cobardía. Es, hoy más que nunca, un acto de valentía.
Porque mientras unos nos quieren dividir con discursos de odio y otros nos quieren someter con narrativas mesiánicas, nosotros seguimos creyendo en algo más poderoso: la posibilidad de construir, de escuchar, de argumentar y de gobernar sin aplastar a nadie.
Aunque hoy el péndulo esté en manos de los extremos, aunque las redes premien el insulto y castiguen la duda, seguimos aquí. Porque si renunciamos a la democracia, al diálogo y al respeto, lo único que nos queda es la imposición. Y ahí sí, habremos perdido todo.