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El débil papel de la comunidad internacional deja claro que carecemos de una institucionalidad global capaz de frenar estas barbaridades. Esto aumenta el sentimiento de impotencia, porque cada día que pasa se pierden más vidas.
Por Daniel Duque Velásquez - @danielduquev
Hace un año, la brutalidad del ataque de Hamás en Israel reavivó uno de los conflictos más largos y complejos de la historia moderna. El asesinato de 1.200 civiles y el secuestro de más de 200 personas no fue solo una atrocidad; fue también un intento desesperado por devolver a la palestra internacional una causa palestina que se había vuelto casi invisible. El costo humano de ese ataque, sin embargo, ha sido incalculable, y lo que parecía un episodio aislado en su brutalidad se ha transformado en una espiral de violencia que abarca a toda la región.
La situación actual es desoladora. El asedio israelí en Gaza ha devastado no solo a la población civil, sino también la infraestructura esencial para la vida. En un año de ofensiva, el ejército israelí ha lanzado ataques que han causado la muerte de casi el 2% de los habitantes de Gaza, una cifra que no incluye a los que permanecen enterrados bajo los escombros. La cifra de muertos supera los 41.000, de los cuales el 40% eran menores de edad, según los datos de las autoridades palestinas. La destrucción en Gaza es total: el 66% de los edificios han sido destruidos, lo que incluye hospitales y escuelas. Los cultivos, esenciales para la supervivencia de la población, han sido deliberadamente atacados. Como si la violencia física no fuera suficiente, los habitantes de Gaza enfrentan una guerra por la supervivencia en su forma más literal. Este conflicto ya no se limita a Israel y Palestina. Líbano, Siria, Irak, Yemen e Irán se han visto arrastrados en una guerra regionalizada que parece no tener fin. Israel sigue con su estrategia de eliminar a los líderes de Hezbolá, y la violencia en el sur de Líbano ha dejado más de 1.400 muertos y 1,2 millones de desplazados en apenas tres semanas. Los desplazados, como los gazatíes, huyen a países vecinos en una desesperada búsqueda de refugio. No hay un lugar seguro en la región; el sufrimiento humano se extiende como una plaga y no parece haber señales de que cese pronto.
Ante este panorama, es imposible tomar partido. Israel, Hamás, Hezbolá e Irán están liderados por actores que han demostrado una espantosa indiferencia hacia el sufrimiento humano. Los responsables de esta guerra han demostrado no tener la más mínima empatía hacia las víctimas, que pagan el precio más alto en esta espiral de destrucción. Estamos, sin duda, ante una guerra que no tiene héroes, solo víctimas.
Resulta desmoralizante que, ante tanta brutalidad, las instituciones internacionales como la ONU no logren detener esta tragedia. El débil papel de la comunidad internacional deja claro que carecemos de una institucionalidad global capaz de frenar estas barbaridades. Esto aumenta el sentimiento de impotencia, porque cada día que pasa se pierden más vidas.
Desde esta columna alzo mi voz, me solidarizo con las víctimas y me uno al clamor de un alto al fuego inmediato. La paz puede parecer una utopía lejana, pero no podemos seguir ignorando esta tragedia.