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Después de la tormenta

hace 1 hora
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Por Daniel Carvalho Mejía - @davalho

La campaña fue larga y densa; pasamos meses de extrema tensión, de acusaciones y señalamientos que dejaron una sensación de fragmentación social en una nación que se acostumbró a vivir nerviosa. La alta afluencia de los colombianos a las urnas y el estrecho margen a favor del ganador dan cuenta de un país politizado y dividido, lo cual representa un reto para quienes creemos en lo público y en la política, así como para aquellos que se esfuerzan por construir una sociedad próspera y pacífica.

Todos tenemos alguna responsabilidad en la sensación de enojo y rivalidad que hoy se vive. Líderes políticos y de opinión, periodistas y medios de comunicación, mandatarios locales y nacionales, y ciudadanos nos vimos afectados por la efervescencia del debate político y, más de una vez, terminamos cediendo a las emociones primarias. El hecho de que gran parte del debate se lleve a cabo hoy en día en las redes sociales hace que todos seamos más susceptibles a las críticas y a las opiniones contrarias, y menos capaces de identificar los tonos y los gestos que se pierden en un tuit o en un mensaje de WhatsApp.

Yo caí repetidas veces en ello. Respondí con ira, comenté con saña, ignoré matices y, aunque suelo debatir con respeto, utilicé expresiones que pudieron resultar dañinas o molestas para mis interlocutores. Por ello, ofrezco disculpas a quienes traté de una manera inusual para mí. Mi primera tarea postelectoral será tender lazos, estrechar manos y ponerme a la escucha. No veo el escenario político como campo de batalla; no considero al contradictor un enemigo; no creo que ninguna opinión política merezca ser despreciada o aniquilada.

Probablemente todos vivimos situaciones similares estos meses: discusiones acaloradas con amigos cercanos, comentarios inadecuados hacia personas que admiramos o distancias aparentemente infranqueables con seres valiosos. Es momento de bajar la tensión, reconstruir puentes y volver al ejercicio básico de conversar sin juzgar ni invalidar, de dialogar sin buscar convencer. Le haría bien a nuestra salud mental individual y colectiva.

La construcción y el cuidado de la unidad nacional no son tarea exclusiva del Presidente. Él está llamado a ser garante y promotor, pero la tarea es de todos y urgente. No puede depender de un pronunciamiento del gobernante ni de un cálculo electoral. Las alocuciones de los dos candidatos tras las elecciones abrieron la esperanza de un diálogo respetuoso y democrático. Espero que ese tono perdure más allá del primer discurso y que de él se contagien equipos de trabajo y seguidores de ambos. Espero que los colombianos tengamos la capacidad de respirar y pensar antes de hablar, de mirar a los ojos a nuestros compatriotas y comprender que en el otro no hay un enemigo que derrotar; que el otro es más que una ideología o un partido; y que, al final de cuentas, el país tenemos que construirlo entre todos y para todos.

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