Pico y Placa Medellín
viernes
3 y 4
3 y 4
Un aserrador tumba en diez minutos un árbol que se ha demorado veinte años en crecer; un árbol que, seguramente, él no ha sembrado ni piensa reponer.
Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo
A una amiga mía, hace unos años, le dieron tres meses de vida en los cuales tuvo tiempo de pensar en las cosas que le faltaban por hacer antes de morir. Una de ellas era sembrar un árbol. Me pidió que lo hiciera por ella. Sembrar árboles ha sido una actividad tan cotidiana y familiar para mí que, hasta ese momento, no se me había ocurrido pensar que para el resto de las personas no lo fuera. En su nombre sembré un guayabo. Luego de eso empecé a preguntarle a la gente cercana y muy pocos habían plantado algo. Es más, fueron incapaces de decirme los nombres de los árboles de su propio jardín, de su cuadra o de aquellos que ven a diario por la ventana. Curiosamente a todos los seres humanos nos gusta comernos las frutas y disfrutar el aire limpio, el frescor de una buena sombra y oír el canto de los pájaros que se perchan en las ramas, es decir, nos gusta todo lo que proporciona gratuitamente un árbol mientras no tengamos que untarnos las manos con tierra.
Quienes hayan plantado, aunque sea uno solo, saben de sobra que un árbol es mucho más que un árbol. Es mucho más que raíces, hojas, flores y frutos. Un árbol es todo el tiempo que necesita para crecer. No existen fórmulas mágicas para que lo haga. No hay forma de acelerar el proceso. Si quieres un árbol frondoso que dé buena sombra tienes que sembrarlo y esperar al menos dos décadas hasta que crezca. Ni con todo el dinero del mundo podrías comprarlo. Siémbralo para que entiendas lo que vale. De paso, tendrás una lección de paciencia. «¿Cuándo es la mejor época para plantar un árbol? Hace veinte años», dice el proverbio chino.
El problema es justo este: un aserrador tumba en diez minutos un árbol que se ha demorado veinte años en crecer; un árbol que, seguramente, él no ha sembrado ni piensa reponer. Escribo esto en El Retiro, Antioquia con el ruido de cuatro motosierras que llevan arrasando un bosque, sin parar, ocho horas al día, desde hace un mes. Cuatro motosierras. Ocho horas. Un mes. Un bosque entero. El ruido es para enloquecerse y, sin embargo, hay un ruido peor: el quejido del árbol cuando empieza a desgajarse y se desploma en el suelo. Casi ni sé qué es más grave: si que tengan licencia para semejante daño ambiental o que no la tengan.
Los que se quejan por el calor y la sequía casi siempre son los mismos que creen que el agua nace en el grifo. Las fábricas de agua existen y se llaman bosques. Un solo árbol adulto absorbe hasta 150 kg de CO2 al año y reduce la temperatura entre dos y ocho grados centígrados, es decir, que produce el mismo efecto de enfriamiento que el aire acondicionado en una habitación. Los árboles evitan derrumbes e inundaciones; limpian el aire que respiramos, reducen la contaminación acústica, son el hogar de muchos animales. Por lo tanto, que tumben árboles es un asunto que debería importarnos a todos y sembrarlos debería ser una obligación. A ver si dimensionamos cuánto vale un árbol. A ver si nos duele que alguien con más sierra que inteligencia lo tumbe.