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Hablar, incluso cuando no estamos de acuerdo

No importa desde dónde estemos parados. Importa cómo decidimos pararnos frente al otro, frente al país que compartimos.

hace 4 horas
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  • Hablar, incluso cuando no estamos de acuerdo

Por Caty Rengifo Botero - JuntasSomosMasMed@gmail.com

Hablar hoy del momento político no me produce entusiasmo, me produce cansancio. No por falta de interés, sino por el desgaste de una conversación pública que se volvió estridente, reactiva y, muchas veces, innecesariamente agresiva. Un debate donde pareciera que para existir hay que atacar primero y escuchar después, si es que se escucha.

La polarización ya no ilumina las diferencias; las caricaturiza. Y en ese juego, algunos actores han optado por una necedad peligrosa: atacar para confundir, señalar para evitar explicar, elevar el tono para desviar la atención. No buscan convencer ni construir; buscan generar ruido. Y el ruido, aunque eficaz a corto plazo, termina dejando la conversación sin sentido.

Lo preocupante es que normalizamos ese estilo, hoy la agresión se aplaude en las redes, el sarcasmo se celebra como si fuera una victoria y el respeto parece sospechoso. Hemos confundido firmeza con imposición y convicción con intolerancia. Como si disentir con altura fuera una muestra de debilidad y no de madurez.

Por eso vale la pena detenerse —aunque sea un momento— en los gestos que van a contracorriente. Ver a dos figuras públicas como Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, que no comparten todas las posiciones ni miran el país desde el mismo lugar, sentarse a construir futuro juntos desde la creación de acuerdos básicos y en todo momento rescatando la importancia de escucharse, es una lección que trasciende nombres e ideologías. No porque estén de acuerdo en todo, sino precisamente porque no lo están del todo.

Es un valioso ejemplo que nos deja claro que el diálogo no exige unanimidad, que la búsqueda de un bien común inicia desde el respeto y la conciencia de entender que otros pueden pensar diferente pero quieren lo mismo que nosotros: un mañana mejor. Es un ejemplo que nos deja claro que se puede debatir sin anular al otro, que la política no tiene por qué ser una guerra permanente y que los mejores planes nacen de la suma de lo que nos diferencia. En un país acostumbrado a los extremos, ese gesto recuerda que hablar sigue siendo más poderoso que gritar.

No pretendo aquí romantizar el consenso y si que menos eliminar el conflicto, soy consciente de que la democracia vive del desacuerdo. Pero también vive de reglas mínimas, y una de ellas es reconocer la dignidad del otro. Sin eso, no hay discusión posible, solo ruido cruzado.

No importa desde dónde estemos parados. Importa cómo decidimos pararnos frente al otro, frente al país que compartimos. Hoy, cuando el cansancio es evidente y la desconfianza se profundiza, recuperar el respeto no es ingenuidad: es responsabilidad.

Tal vez el verdadero cambio no empiece con una consigna nueva, sino con algo mucho más sencillo y difícil a la vez: volver a hablarnos como si todavía importara entendernos.

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