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Cárcel de mujeres

El ser humano necesita razones, la incertidumbre es el peor estado.

hace 2 horas
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  • Cárcel de mujeres

Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com

El hecho es provocador. Ubiquémonos en la década del 50 en Santiago de Chile. Dos enamorados conversan plácidamente en el café del hotel Crillón. Sin el menor sobresalto, sin el más mínimo forcejeo, María Carolina Geel, quien había debutado en el mundo literario en 1946 con su novela “El mundo dormido de Yenia”, saca un arma y dispara contra Roberto Pumarino, el amante muere en el acto. Ella se queda en silencio mirando la escena, mirando la sangre que luego recordará en la cárcel cuando una de las reclusas se corta la piel.

Este suceso marcó a la sociedad chilena de aquel entonces. La escritora fue interrogada una y otra vez. Ella contestó todo lo que le preguntaron, menos lo que todos querían saber: por qué lo hizo. Es clarísimo que como sociedad nos mueve el chisme. El ser humano necesita razones, la incertidumbre es el peor estado, no dar una justificación es inadmisible en un mundo donde tantos se justifican todo el tiempo.

Por eso cuando María Carolina Geel escribió y publicó tras las rejas “Cárcel de mujeres”, en 1956, la sociedad chilena, ávida de morbo, compró el libro creyendo que ahí estarían las razones y los detalles del crimen, sería la confesión de una asesina. Pero esta obra de carácter testimonial, autobiográfica y de ficción fue más allá, porque la mirada se posó sobre temas que la sociedad chilena tampoco quería aceptar: las relaciones homosexuales entre mujeres que estaban privadas de la libertad, por ejemplo. Un tema impronunciable, en aquel momento la ley castigaba la homosexualidad masculina, pero la altísima moral chilena no contemplaba que fuera posible la existencia del lesbianismo.

Esta obra, de una intimidad absoluta, no necesariamente sobre la propia narradora, que también, va dejando ver las emociones fugaces, las percepciones muy subjetivas de la interioridad de las reclusas. Como aquella que venía tanto a la cárcel que se volvió familiar, un día llegó por cuenta propia alegando que no tenía dónde vivir. Luego se supo lo que pasó, estaba huyendo de la policía y decidió esconderse en la propia cárcel. ¿Qué hace una presa que no tiene a donde ir, y además está enamorada de una compañera? No hay muro ni reja que impida el verdadero amor. O también vemos el caso de la Ofelia, quien se ha escapado varias veces porque no quiere, bajo ninguna circunstancia, cumplir su pena. Una mente sensata comprenderá que uno no puede pasar tal número de años (15 años y un día) lejos del hombre. Y así escuchamos las traiciones, las peleas, las canciones cantadas que no dejan dormir, el bullir humano, un dios representado de muchas maneras, la humildad, los cuestionamientos del alma y, en medio de todo, un par de reflexiones: muchas veces los actos nacen con uno, o la zona profunda de mi yo no es accesible a los demás, como la de ninguno de ellos al otro. Al cerrar este pequeño libro uno queda ensimismado, con el alma presa en las cárceles inimaginables del mundo y con más preguntas que respuestas sobre el crimen y sobre la vida misma.

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