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Por Angélica Quiroga* - Comunicaciones.wic@womeninconnection.co
La violencia contra las mujeres adopta muchas formas, pero pocas son tan persistentes y silenciosas como la violencia estructural. Johan Galtung la describió como aquella que no necesita un agresor visible ni un acto violento explícito: se anida en las normas, estructuras y prácticas que rigen nuestras sociedades y que, día tras día, niegan a millones de mujeres sus derechos más básicos. En el campo colombiano, esta violencia se manifiesta como falta de acceso a la tierra, a la educación, a la representación y a servicios esenciales. Es una negación profunda del derecho a existir con dignidad.
Entre marzo de 2024 y febrero de 2025, la Personería de Cali registró más de 7.700 denuncias de violencia contra mujeres. Aunque muchas de estas situaciones emergen en contextos urbanos, sus raíces y consecuencias atraviesan también las zonas rurales. Allí, la violencia estructural se intensifica por medio de la interseccionalidad: una interacción compleja de factores como el género, el origen étnico, el territorio y la situación socioeconómica que, lejos de actuar de manera aislada, se entrelazan y profundizan las desigualdades. Las mujeres campesinas, afrodescendientes e indígenas no enfrentan una sola forma de violencia, sino múltiples y simultáneas que operan en conjunto, restringiendo sus derechos y debilitando su agencia.
Estas violencias interseccionales configuran una trama densa de exclusión y vulneración. No se trata solo de ser mujer en una sociedad desigual, sino de serlo en un entorno marcado por la pobreza, el racismo estructural y la invisibilización territorial. Esta combinación de factores agrava la violencia estructural y obstaculiza el ejercicio pleno de la ciudadanía para miles de mujeres en nuestros campos. Reconocer esta realidad es el primer paso para transformarla.
Frente a este panorama, el sector empresarial no puede mantenerse al margen. Su rol es clave no desde la caridad, sino desde la corresponsabilidad. En Incauca, entendemos que transformar la realidad de las mujeres rurales requiere mucho más que intenciones: exige compromisos institucionales claros.
Una muestra viva de este compromiso es Mujeres Tejiendo Territorio, una iniciativa que ha acompañado a más de 120 mujeres en municipios del Cauca como Guachené, Miranda, Villa Rica y Padilla. Allí, las mujeres no son receptoras pasivas: son lideresas activas. Se forman en liderazgo, derechos humanos y prevención de violencias. Lo que ocurre en sus vidas no cabe en una estadística
La historia de Yani Leima lo ejemplifica con claridad. Madre, víctima de violencias, atrapada en celos y silencios que parecían inmovilizantes, Yani encontró en este programa un espacio de formación, acompañamiento y reparación simbólica. Recuperó su voz. Y con ella, su proyecto de vida. Hoy, lidera asociaciones, gestiona proyectos comunitarios y multiplica esperanza. Su transformación no solo la ha sanado a ella, sino que ha comenzado a sanar su territorio. Cada paso que da inspira a otras a romper ciclos de violencia y asumir el liderazgo de sus comunidades.
El sector empresarial tiene el poder —y la obligación— de acompañar estos procesos. No se trata solo de brindar herramientas, sino también de reconocer, validar y amplificar la voz de quienes han sido históricamente invisibilizadas. Cuando una mujer encuentra su voz, se activa una fuerza regeneradora. Las dinámicas sociales cambian, las comunidades se reorganizan, los vínculos se transforman. Y sanar, en este contexto, no es una metáfora poética: es reducir pobreza, mejorar la salud mental colectiva, aumentar la participación política y fortalecer una economía del cuidado que sostiene la vida.
Este 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, no basta con conmemorar. Es hora de actuar. Desde el sector empresarial, el llamado es claro: debemos dejar atrás la retórica y abrazar el compromiso con decisiones concretas. Dar voz, liderazgo y oportunidades reales a las mujeres no solo es un acto de justicia: es una estrategia transformadora para todo el territorio. Porque cuando ellas sanan, la tierra florece. Y con la tierra, florece también una sociedad más equitativa, resiliente y humana.
*Gerente de Sostenibilidad y Gestión Estratégica de Incauca.