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La inmadurez política de la izquierda

hace 1 hora
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Por Aldo Civico - @acivico

Las democracias no se fortalecen cuando un candidato gana sino cuando quien pierde acepta el resultado. Esa es la prueba más difícil de la vida democrática. Colombia está enfrentando esta prueba. El llamado de Iván Cepeda a la desobediencia civil, el desconocimiento del resultado electoral por parte del presidente Gustavo Petro y la decisión del presidente electo, Abelardo De la Espriella, de suspender el empalme con el actual gobierno revelan que el país comienza un nuevo ciclo bajo el signo de la desconfianza. Las declaraciones de Petro y Cepeda ponen de manifiesto la dificultad de una parte de la izquierda colombiana para hacer el tránsito hacia la madurez política. Ahora bien, toda madurez implica una transformación porque significa dejar de reaccionar únicamente desde las heridas del pasado para empezar a responder a la realidad del presente.

Sería injusto ignorar ese pasado. La izquierda colombiana carga una historia de exclusión, persecución y violencia. El exterminio de la Unión Patriótica, los asesinatos de dirigentes políticos y sociales, y décadas de cierre democrático dejaron una huella profunda. Esa memoria explica buena parte de su desconfianza hacia las instituciones. Pero comprender una herida no significa permitir que ella gobierne para siempre nuestras decisiones. Toda experiencia traumática produce un riesgo, el de terminar mirando el presente con los ojos del pasado. Entonces los hechos dejan de ser interpretados por lo que son y pasan a ser leídos como la confirmación de viejos temores. La sospecha reemplaza la evidencia. Las instituciones dejan de ser árbitros para convertirse en adversarios. Los demonios de ayer terminan gobernando las decisiones de hoy. Ahí reside la inmadurez política.

Porque la madurez democrática no consiste en creer ciegamente en las instituciones. Consiste en aceptar que, mientras no existan pruebas suficientes para desvirtuarlas, son ellas y no nuestras convicciones personales las que deben resolver los conflictos. En una democracia nadie posee el monopolio de la verdad, ni siquiera quien está convencido de tener razón. La paradoja es que esta actitud termina perjudicando a la propia izquierda. Durante décadas luchó por ampliar la democracia, fortalecer el Estado de derecho y conquistar espacios de representación. Hoy ya no es una fuerza proscrita. Llegó al gobierno, ejerció el poder durante cuatro años y consolidó al Pacto Histórico como una de las principales fuerzas políticas del país. Precisamente por eso, seguir actuando como si permaneciera en la oposición histórica impide asumir la responsabilidad que implica haber llegado al centro del sistema democrático.

Colombia necesita otra conversación. No una fundada en la sospecha permanente, sino en la confianza crítica. Bajar el tono no es una concesión sino una obligación democrática. Defender la Constitución no consiste en invocar cuando nos favorece, sino en aceptar sus reglas cuando no lo hace. Quizá la verdadera madurez política comience el día en que Colombia deje de gobernar desde los recuerdos y empecemos a construir desde la realidad. Porque ningún país puede reconciliarse con su futuro mientras siga permitiendo que sus demonios del pasado escriben el libreto del presente.

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