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Bailar para sanar

En muchas culturas, el movimiento ha sido una manera de procesar emociones y fortalecer lazos. Nosotros apenas estamos recuperando esa sabiduría esencial.

hace 1 hora
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  • Bailar para sanar

Por Aldo Civico - @acivico

En los Altos de las Palmas, en un restaurante rodeado de una pequeña granja, organicé un taller cuyo objetivo es tan fundamental que a veces se nos olvida: reconectar con el cuerpo. No realizamos ceremonias especiales ni empleamos música estridente. El ambiente era sencillo y práctico, casi austero. La idea era clara: movernos para liberar la tensión interna y recuperar un poco de serenidad. El taller se llama Sanar y liberar a través del movimiento y lo facilito junto a Cristian Durán, campeón mundial de salsa cabaret y tango. Su propósito no es convertir a nadie en bailarín, sino ofrecer movimientos sencillos que ayuden a aflojar las tensiones. Nada más que eso. Apenas comenzamos, una mujer se me acerca y me dice: “Vivo en una ansiedad permanente.” No es una frase inusual; es el punto de partida de muchos. Vienen porque algo en su cuerpo está demasiado rígido, demasiado alerta. Y porque nadie les enseñó qué hacer al respecto.

El marco científico del taller se basa en el trabajo de Bessel van der Kolk y Peter Levine. Ambos han demostrado que el trauma no se almacena en un recuerdo aislado, sino en el sistema nervioso. El cuerpo registra lo que la mente intenta procesar. Por eso hay respiraciones cortas, insomnio, sobresaltos o dolores que no encajan en un diagnóstico claro. No es cuestión de imaginación: es fisiología. Con esto en mente, comenzamos con lo más básico: inhalar en cuatro segundos y exhalar en seis. La gente lo hace y, tras unos pocos ciclos, las expresiones cambian. No es magia. Las exhalaciones prolongadas activan el nervio vago, que regula el ritmo interno y disminuye la sensación de amenaza. Lo explico, pero en realidad, basta con sentirlo. A veces, el cuerpo comprende mucho antes que la mente.

La parte guiada por Cristian sigue la misma línea. Movimientos del cuello, los hombros, un paso básico de salsa, incluso un ejercicio de bailar en pareja con los ojos cerrados. No hay coreografías. Lo esencial es reconocer que el cuerpo tiene su propia forma de decir “aquí estoy”. En muchas culturas, el movimiento ha sido una manera de procesar emociones y fortalecer lazos. Nosotros apenas estamos recuperando esa sabiduría esencial. Antes de concluir, hacemos una ronda breve. Pregunto: “¿Qué ha cambiado en el cuerpo?” Las respuestas son cortas: “la espalda”, “respiro mejor”, “las piernas más ligeras”. Una mujer, con una sonrisa contenida, me dice: “No bailaba desde que murió mi hija.” En esos silencios se comprende todo.

La sesión termina sin ceremonias. Afuera hace frío. La gente se pone la chaqueta, toma agua, conversa un poco. Pero algo en la atmósfera ha cambiado. No por una idea, sino por un ajuste interno que cada uno sintió a su manera. En un tiempo en el que la mente busca dominarlo todo, estos espacios recuerdan algo muy simple: la calma se cultiva en el cuerpo, no en el pensamiento. Y el primer paso es el más elemental de todos: volver a respirar.

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