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UN BRINDIS CON AGUA DE TILO

  • UN BRINDIS CON AGUA DE TILO |
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19 de mayo de 2012
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El lazo afectivo que nos une no se ha roto jamás, ni siquiera por cuenta de los "dialegatos" acalorados que a veces sostenemos acerca de la labor del gremio al que ella pertenece. Es maestra en una escuela pública, a sólo diez minutos del centro de la ciudad y a pocos kilómetros de los colegios privados donde la mensualidad pasa del millón de pesos.

Este año recibió con desgano mis parabienes en su día clásico. Estaba abatida. La definición de aburrida no alcanza para describir tanta congoja. ¿Hay una vocación en crisis?, le pregunté, y rompió en llanto. Durante más de una hora me pintó su paisaje que, sin ser el de todos, cobija a una inmensa mayoría y es desolador.

Retrocedió veinte años. Entonces, dijo, de cincuenta alumnos en el grupo cinco daban lidia, tres perdían el año y el resto eran buenos estudiantes. Hoy, tres o cuatro son pilosos, diez van arrastrados y los demás son displicentes, agresivos y desinteresados. Y el mal tiende a contagiarse.

Me contó de los niños que llegan golpeados, hambrientos, llenos de carencias y sin dolientes a la escuela. Que los padres de algunos están ambos en la cárcel; que los de otros apenas están saliendo de la adolescencia y que los que se comprometen con el proceso escolar de sus hijos son caramelos escasos.

La mayoría no permiten que sus hijos hagan el menor esfuerzo. Son permisivos y retadores, incluso irrespetuosos. Frente a la más mínima llamada de atención encuentran una solución así de edificante: "¿Qué te pasa, tesoro, estás aburrido con tu profe, papi? Voy a hablar ya mismo para que te cambien de salón". ¡Y les preguntan delante de la profe! Los sobreprotegen en público, pero en la casa los muelen a golpes por cualquier nimiedad.

Las excusas por inasistencia ya no se presentan por escrito, son orales y de tanto peso como "mi mamá no me levantó", "mi papá dijo que estaba haciendo mucho frío"; "es que jugó Nacional". Faltan a clase dos o tres veces por semana pero van a almorzar todos los días al restaurante escolar. Hicieron maestría en derechos pero son analfabetas en deberes.

Entre lágrimas, hipos y suspiros, hablamos de lo distintas que son cobertura y calidad; de la utopía de "la más educada"; de políticas educativas descontextualizadas; de contenidos y metodologías arcaicos; del daño que hace la gratuidad a veces, porque lo que nada cuesta no se valora; del respeto a la norma que se fue para siempre; del culto sin límites al desarrollo de la libre personalidad, que llegó para quedarse, y de la presión de trabajar bajo la amenaza constante de demandas por algo tan fortuito como la caída de un niño en el recreo. ¡Y todavía hay quienes creen que los maestros se la ganan de ojo!

Al final fuimos una sumatoria de angustias y preocupaciones, pero "brindamos". Con el ánimo de dos muertas en vida, chocamos pocillos con agua de tilo, por el injustamente desteñido quehacer del maestro y por el deterioro de la escuela, por cuenta de la sociedad, la familia y el Estado. ¡Qué nervios!

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