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Lenguaje de guerra

  • Ernesto Ochoa Moreno | Ernesto Ochoa Moreno
    Ernesto Ochoa Moreno | Ernesto Ochoa Moreno
16 de diciembre de 2011
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Fuera de los peligros injustificables y realmente merecedores de castigo y punición que comporta la pólvora, hay un argumento más en contra de ella y es que, querámoslo o no, los estallidos y explosiones que acompañan los juegos pirotécnicos son el lenguaje de la guerra.

Si alguien quiere saber cómo suena un combate, qué ruidos pueblan el aire durante una batalla, basta que preste atención a lo que se oye en Medellín en las noches de diciembre, sobre todo a la medianoche del 24 de diciembre en Medellín.

Sí, la pólvora es lenguaje de guerra.

No es posible, por tanto, dejar de pensar, mientras aquí estallan petardos y voladores en una explosiva manifestación de lo que se supone es expresión de alegría, que este mismo día y en la noche misma de Navidad, en muchos lugares del mundo revienta otra pólvora que no es inocente (tampoco, que conste, lo es éste torpe y burdo entretenimiento que quema niños en nuestros barrios), esa otra pólvora -digo- que busca el corazón de la víctima o su cuerpo para destrozarlo y llena el aire de un doliente aroma de tragedia y de muerte.

Mientras esto escribo, en días previos a la celebración religiosa de Navidad, que para muchos hace tiempos dejó de ser religiosa, afuera corretea la alegría de los niños, las familias reunidas olfatean motivos de ternura entre el licor y la música y el aire se puebla de evocaciones inéditas.

Navidad es alegría. Lo predican, lo siente uno en la sangre, lo gritan contra la soledad a voz en cuello los felices, lo aceptan en un remanso de resignada melancolía los tristes. Sólo está permitido pensar en la alegría. Pero resulta que en estas noches de diciembre, a la misma hora que en la semioscuridad de los hogares hacen guiños las instalaciones navideñas, en muchas otras partes del mundo la guerra es una hoguera que no se apaga.

El mundo es un pesebre plagado de ejércitos y soldados, de armamentos y misiles, de minas quiebrapatas agazapadas en el musgo de los odios y las confrontaciones, de esquinas de muerte donde acechan terroristas suicidas y atentados de horror.

Es un lenguaje que se habla a punta de bombas y estallidos, como los que producen esta que creemos pólvora inocente de diciembre.

La muerte, pues, se volvió traído y juguete. ¿Es aún posible la alegría? Es la pregunta que brota dolorosamente en una noche como la de Navidad.

No es que uno sea un aguafiestas. Cada uno en el recinto cerrado de su propia intimidad tiene derecho a dejarse embargar de sentimientos de paz y ternura. Pero no puede hacerse sordo a una realidad que existe a su alrededor.

La Navidad, a pesar de su misterio de amor, de paz, de fraternidad, suele estar manchada de muerte, de odio, de tragedia, de guerra. No es por lo tanto correcto dejarse embriagar por una superficialidad fiestera, si la alegría y la fiesta no llevan a una seria y comprometida lucha por borrar del pesebre del mundo las trincheras y los campos de batalla. E instalar la paz.

Navidad y guerra son dos palabras que no se compadecen, que se rechazan pero que lamentablemente vienen juntas cada año. No sé, pero en estas noches de navidad, detrás de la explosión de los voladores y las papeletas, no puedo menos de descubrir el estallido de las armas que son disparadas y escuchar, en el fondo de los gritos de satisfacción de los alegres y de los que celebran, los aullidos de muerte de los que caen en los frentes de batalla.

Ruego al Dios encarnado que la fe en su misterio no deje diluir mi esperanza y me salve del naufragio del pesimismo.

Después de todo, para eso, para rescatarnos del naufragio de la condición humana, fue que Dios se hizo hombre. ¡Feliz Navidad!

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