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El último delicado

  • Óscar Domínguez Giraldo | Óscar Domínguez Giraldo
    Óscar Domínguez Giraldo | Óscar Domínguez Giraldo
10 de agosto de 2011
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A pocos días de su "cumpleaños" (agosto 24) y 25 años después de su muerte, confieso que me habría gustado la utopía de regalarle a Borges un bastón nuevo con conexión a Internet para que bajara libros en braille. Quise abrazarlo, darle picos, como hacen los argentinos.

Lo tuve cerca cuando visitó Bogotá. Habría podido regalarle, o prestarle, uno de mis ojos, o los dos. O leerle a sus autores preferidos: Stevenson, Shaw, Chesterton, Conrad, Spinoza, cuyo Dios sin estrés admiraba.

Tentado estuve de hacer las veces de guía turístico en el viejo Barrio de la Candelaria. No encontré los verbos, adverbios, sustantivos y adjetivos exactos. Me dio pena hablar con errores de sintaxis.

Tentado estuve de meterle la mano al bolsillo para robarle alguna ironía, un poema. O alguno de los cuentos que mi cacumen nunca logró descifrar.

Amnésico, olvidé invitar a matear al memorioso de Buenos Aires, así en casa no le jalemos a ese democrático brebaje que invita a compartir babas. Lo seguí a ver si se me contagiaba por ósmosis una pizca de su talento: esperanza inútil.

Me habría gustado preguntarle por Beppo, su gato, que "vivía en la eternidad del instante". Le habría contado: "Vi muchos congéneres de Beppo en el cementerio de la Chacarita. ¿Por qué le gustan tanto los cementerios a los gatos gauchos?".

Chicanero, le habría dicho que caminé por su barrio de Palermo. Y para ganarlo para mi causa le recordaría que amé donde murió Gardel, pero que no tengo un cabello del Zorzal ni restos del avión accidentado, como miles de paisanos.

Le habría recordado que Ciorán lo llamó "el último delicado". No estoy seguro, pero también le habría dicho a ver si le arrancaba una cierta sonrisa: "Borges, usted parece rezao". He debido preguntarle si él era él, o una de sus ficciones.

En próxima encarnación le indagaré sobre su perplejidad por los tigres y los espejos. No le preguntaría: "Si usted era ateo, Borges, ¿por qué rezaba?". Eso se lo preguntó el teatrero español Fernando Arrabal. Respondió: "Rezo porque se lo prometí a mamá".

Lamento no haber tenido la voz de Edmundo Rivero que le gustaba. Ni se me ocurrió preguntarle por qué no le otorgaron el Nobel. He debido decirle: "Peor para el Nobel que no se ganó un Borges, Don Georgie", así, confianzudito.

Cuando lo conocí envidié a su mujer, María Kodama. Y recordé a su ex, Elsa Astete, primera dama del extraño ajedrez erótico de su vida.

Y así me hubiera fulminado con su mirada huérfana de luz, como la de su colega Homero, le habría preguntado: "Borges, ¿usted por qué nunca amó?".

Lamento no haberle dicho lo que una señora cuando se encontró con Groucho Marx en State Street, en Chicago: "Por favor, no se muera. Siga viviendo siempre". Que es lo que está ocurriendo.

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