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El colibrí no dijo adiós

  • Óscar Domínguez Giraldo | Óscar Domínguez Giraldo
    Óscar Domínguez Giraldo | Óscar Domínguez Giraldo
29 de septiembre de 2010
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De un momento a otro, sin curador de por medio, papá y mamá colibríes, Salmonas del aire, construyeron nido en un pino próximo a nuestra casa y, un buen día, tric-tric: "habemus" colibrí-bebé.

Ni idea de la especie a la que pertenecen estos "mensajeros del sol", oriundos de América. Hay entre 330 y 340 especies. En Colombia pasan de 140.

Durante 20 años, Luis Mazariegos fotografió más de 110 variedades. Los presentó en su libro "Joyas aladas de Colombia". La Sociedad Antioqueña de Ornitología, SAO, con Walter Weber al mando, se metió la mano al dril.

El bebé-colibrí de esta historia jamás se dejó ver la cara. Ni el vuelo, que es su carné de identidad. Nació, creció, comió, cantó, encantó, aprendió a volar y una mañana, sin dársele nada, se fue con su estética a otra parte. Lo vimos recibir clases de vuelo I antes de largarse a ejercer su oficio entre el viento, de cara a las flores. Recibirá polinización II en el segundo semestre. "Ahí les dejo el rastro", fue todo lo que dejó dicho esta liliputiense ave que siempre viste de fiesta.

Solo fue "amamantado" por mamá. Papá es de una especie machista que realiza una danza para alborotar la libido, enamora, fecunda, ayuda a construir el nido y adiós.

Especies hay que alimentan en pareja. A muchas les toca el arduo trabajo de ser papá-mamá. Nuestro desertor no hizo falta. Bien ido. Se calcula que una colibrí realiza 140 vuelos diarios para traerle comida al pichón.

En esos primeros teteros acostumbra a su cría a consumir néctar de las flores. Allí están las calorías. Y como volar en todas direcciones fatiga, suman proteínas consumiendo insectos. Todo sea por el equilibro ecológico.

Del desequilibrio nos encargamos los depredadores bípedos implumes: muchas especies desaparecieron porque, antes, inescrupulosos fabricantes de sombreros para mujeres, decidieron adicionarles plumas de colibrí.

Ni modo de quejarse ante la policía porque el bebé-colibrí no dejaba dormir. La "minúscula bandera voladora", como la bautizó Neruda, quería pregonar día y noche la alegría de vivir. Y de vestir.

Tan perplejas como los humanos del barrio, estaban las tórtolas que frecuentan el mismo pino, convertido en guardería para picaflores. Eso de que aleteen en su ámbito semejantes pavos reales, las sacaba de la ropa.

"¿Por qué ellos son abrumadoramente hermosos mientras nosotras nunca cambiamos de traje? De ñapa, nos miran con desprecio porque no podemos clonar su forma de volar en todas direcciones, como los ovnis", se lamentaban.

Quedarán de siquiatra cuando sepan que este frágil helicóptero silencioso mueve sus alas casi 70 veces por segundo.

Vimos muchas veces a mamá colibrí plantarse frente a su bebé y enseñarle el abc del oficio. Sobre todo a comer volando.

Cuando dominó la técnica, el ave más pequeña del mundo agarró su plumaje y voló "como escribiendo un adiós".

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