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Obras de adecuación de la infraestructura de la Universidad de Antioquia en 1967. Esta vez se organizaban las aulas especiales.
FOTO el colombiano
Las historias siempre comienzan antes de lo que se cree. Cuando en 1796 el cabildo de Medellín solicitó al Virrey de Nueva Granada el permiso para fundar una escuela de artes, gramática y filosofía refrendó una intención que desde hacía años alimentaban los pobladores de la entonces pequeña ciudad.
Según el historiador Rodrigo García Estrada el objetivo de crear un centro de enseñanza flotaba en las mentes de los habitantes desde al menos 1788, cuando en una colecta el comerciante Juan José Callejas donó 4.000 castellanos de oro para la cátedra de filosofía y gramática. Y no fue el único en donar una fortuna: años después Juan Salvador de Villa entregó 1.050 castellanos de oro en polvo, el precio de una casa para que en sus corredores los jóvenes se empaparan del conocimiento. Los ritmos en el pasado eran distintos: fue hasta 1803 que el monarca Carlos IV concedió el permiso para la fundación del convento de San Francisco en la Villa de la Candelaria. Por eso, debajo del logo de la Universidad de Antioquia se lee ese año.
De ese momento a ahora el mundo se ha transformado de formas sin precedentes y a una velocidad que corta la respiración a cualquiera. Este territorio dejó de pertenecer al vasto imperio español y entró a formar parte del tejido de una república fundada por criollos. La educación dejó de ser un monopolio de las instituciones clericales y pasó a ser un derecho consignado en las declaraciones y en las constituciones políticas. La ciencia transformó la faz de la tierra y la tecnología unió los puntos distantes del globo terráqueo. Esas y las otras revoluciones sociales y del pensamiento han tenido un impacto directo en la Universidad de Antioquia, un motor de la cultura del departamento. “Entre 1913 y 1957, la Universidad remodeló y restauró su planta física, emprendió su transformación académica para incluir nuevos saberes, aceptó como alumnos a mujeres y personas de color, y logró su consolidación institucional”, escribió García Estrada.
El actual rector de la U de A, John Jairo Arboleda Céspedes, reconoce que el claustro de educación superior enfrenta desafíos de infraestructura y formativos para seguir siendo la principal universidad de la región. El 2023 traerá avances para la sede de Medellín: “la terminación de la nueva Sede de la Facultad Nacional de Salud Pública, 22 mil metros cuadrados que harán parte del Distrito de Innovación de Medellín y que va a mejorar la habitabilidad de la zona”. Y, además, la modernización de los espacios comunes de la Ciudadela Robledo. Las ampliaciones de las sedes de Bajo Cauca y Puerto Berrio son otras de las metas de la institución.
En materia educativa se pretende ajustar los calendarios académicos para garantizar el buen funcionamiento de la universidad. “Es importante tener en cuenta que en la U de A el 93% de los estudiantes pertenece a los estratos 1, 2 y 3”, comentó el rector. Y esta cifra se complementa con las de estudiantes y profesores vinculados para tener un panorama más amplio de la actualidad del centro educativo. En 2022 la U de A tiene 34.541 estudiantes inscritos en la modalidad de pregrado mientras 2.388 están en el peldaño de posgrado. De esa población total 18.875 son mujeres mientras 18.054 son hombres. Por supuesto, la mayor parte está en la sede de Medellín -30.423-. Por su parte, los profesores regulares son 1.435, el 61% de ellos con formación de doctorado. Los ocasionales son 597 y los catedráticos 6.066.
Mucha agua ha corrido debajo del puente desde la época de la idea de un colegio regentado por franciscanos hasta la universidad conectada al mundo por la virtualidad y las redes de internet. Las cosas cambian muy rápidamente y los centro de educación formación son de alguna manera los laboratorios del futuro
Periodista, Magíster en Estudios Literarios. Lector, caminante. Hincha del Deportes Quindío.