*Enviados especiales, Amalfi y Santa Rosa de Osos
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En el Nordeste antioqueño no le temen a la apuesta
por mejorar la calidad del café. Sin embargo,
piden garantías y mayores incentivos.
*Enviados especiales, Amalfi y Santa Rosa de Osos
Fernando García toma poco café. Lo dice con timidez, como si fuera uno de los pocos secretos que no quiere revelar. A pesar de esa confesión, desde su casa, en la vereda El Guayabito del municipio de Amalfi, basta con dar unos pocos pasos en cualquier dirección para toparse con los cafetales que cuida y conoce con orden matemático.
Responde de memoria que tiene 9,2 hectáreas sembradas, que son en total 50 mil árboles y que el 70 por ciento de ellos son de la variedad Castillo, el 30 por ciento restante, de la variedad Colombia.
Tiene en la cabeza el número de cargas que produce por hectárea, lo que se paga en el mercado por cada libra de café y su variación con los precios de los años anteriores. Conoce la problemática del sector y envía mensajes claros con cada frase. Está seguro de que la apuesta por los cafés especiales es el camino para preservar la economía y la cultura cafetera.
La finca de García es un lote quebrado a 50 minutos en carro desde la cabecera municipal de Amalfi. Está separada del pueblo por una trocha de polvo y pantano que se abre paso entre las montañas del Nordeste antioqueño. Frente al corredor principal de la casa, que se levanta en un rectángulo plano con árboles frutales, hay un cafetal que se inclina sobre una colina y ofrece una vista amplia del embalse de Porce.
En el mismo corredor, dos diplomas del Sena cuelgan de la pared, certifican sus estudios sobre caficultura y buenas prácticas agrícolas. Muy cerca, en una hoja de papel, se ve un horario de trabajo que empieza a las 6:30 de la mañana y termina a las 4:00 de la tarde. Incluye 30 minutos para el desayuno y 45 para el almuerzo.
García sonríe y explica que ese itinerario es solo para los trabajadores. Recolectores de la misma zona o llegados de otros lugares que se ofrecen, sobre todo en la época de cosecha para seleccionar los mejores granos. “La jornada mía sí es dura. Son 15, 18 o hasta 20 horas. Y en cosecha, trabajo casi de día y de noche”.
García es casado, tiene 47 años y cinco hijos. Pelo escaso y canoso que cubre con una gorra de los Yankees. Dice que siempre ha sido un hombre del campo y que trabaja con café desde que tiene cinco años.
Aunque apenas hace una década compró la finca en la que vive, la ha moldeado con su trabajo hasta el punto de que, en la actualidad, es un centro de experimentación para mejorar la producción cafetera en cuatro veredas de Amalfi.
Allí, por ejemplo, se encuentra la estación climatológica que utilizan los expertos que apoyan las actividades de los caficultores de la zona. Jair Jaramillo, ingeniero agrónomo de la Universidad Nacional, es uno de ellos. Tiene a su cargo el acompañamiento a 10 fincas de las veredas El Guayabito, El Retiro, La Esperanza y El Encanto, y dice que la ayuda que encontró en esa finca ha permitido que ese lugar sea el eje de un proyecto que apunta a mejorar la calidad del café.
Por ahora, los avances de ese proyecto no los conocen los caficultores, tampoco reciben recomendaciones, solo ofrecen sus fincas y ponen su trabajo a disposición de los otros expertos, los de las universidades, para que avancen en sus investigaciones y, más adelante, elaboren una propuesta completa para el mejoramiento de la actividad cafetera en la región.
García cree que ese tipo de iniciativas son necesarias pues, aunque se considera un experto en la actividad cafetera y conoce como nadie su finca, reconoce que algunas prácticas de vieja data no son eficientes ni aportan al mejoramiento de su producto. Por eso, ahora habla de los agroquímicos adecuados, de la distancia correcta entre los árboles y del cultivo en asocio con otras especies.
Sin embargo, hace un llamado al Gobierno para que proteja la actividad cafetera tradicional y ofrezca a todos los cafeteros las mismas posibilidades de capacitación para que el café colombiano siga ofreciendo algo diferente a los demás. “Hay muchos que no creen que eso pueda pasar, pero si llega una crisis bien fuerte se sabe que se le compra solo al que tenga la mejor calidad”.
En eso pensó cuando tomó la decisión de sembrar las mejores variedades, las mismas que le permitieron conseguir el sello UTZ, una certificación internacional que destaca la calidad de su café, pero también el cuidado con el medio ambiente y las buenas condiciones laborales de quienes intervienen en el proceso.
Para lograrlo tuvo que cumplir una serie de exigencias y hacer inversiones que han sido difíciles de pagar. Dice que el Gobierno debe ser consciente de que esas deudas son el resultado de una apuesta por la calidad y no dejar a los cafeteros solos en los momentos de crisis. Pese a las dificultades, cree que es un esfuerzo necesario. “No es tan complicado, es voluntad, esto es por el bien de nosotros. Uno se pone a pensar que esto es imposible, pero es la única forma de estar asegurado en el campo”.
Así es como pone de su parte, pero insiste en que si bien cuidar su producto y tener las mejores prácticas ambientales es el papel del caficultor, no es lo único que se requiere. García dice que el sector necesita mejores incentivos. En la actualidad, su sello le permite cobrar solo 12 mil pesos adicionales por carga al valor de un café estándar. Es muy poco y por eso asegura que de esa forma será difícil que los cafeteros inviertan en mejorar su producción.
Pese a que las dificultades económicas las comparte con la mayoría de los pequeños caficultores, las capacitaciones le han permitido, además de mejorar sus prácticas, aprender a diferenciar un buen café. Repite que es “malo para el tinto”, pero ahora reconoce la diferencia entre una buena y una mala taza. “Para mí todo era igual. Cuando comenzamos a ir a los laboratorios nos enseñaron a catar el sabor. Una persona que sepa no vuelve a tomar cualquier café. Nos dimos cuenta que vendíamos el café bueno a precio de pasilla y comprábamos la pasilla al doble del precio en que vendíamos el bueno”.
Conocer esa diferencia y cumplir con rigor las sugerencias también ha fortalecido su discurso. Es así como recuerda las palabras que pronunció hace unos meses Rubén Darío Lizarralde, exministro de agricultura. El funcionario, recién posesionado en ese cargo, dijo que no debería cultivarse una sola hectárea más de café en Colombia. Invitaba a transitar hacia los cafés especiales y evaluar de mejor forma si el negocio seguía siendo viable.
Al exministro, García le responde que es cierto que se debe trabajar por un producto diferenciado, pero que también es necesario entender que la economía cafetera ha salido adelante en momentos aún más difíciles. Para superar el actual se requiere el compromiso en muchos eslabones de la cadena. “Ya salimos de la broca y la roya. No se puede pensar en no sembrar más café porque esto es una tradición que no podemos dejar perder. Además, ¿cuántas familias vivimos de esto?”.
Lo cierto es que, por ahora, García sigue sembrando, reclama garantías, pero no le tiene miedo a la actividad de la ha vivido toda su vida.
Ha concursado con su café y lo seguirá haciendo. Habla en plural por él y sus vecinos. “Tenemos unos buenos perfiles, ya logramos una buena taza, pero puede ser la mejor”.
Su objetivo con las certificaciones y ante el panorama de la crisis es que ese café que se cultiva en las veredas de Amalfi sea diferenciado y reconocido y, de esa forma, se asegure su propio mercado. Lo resume en una frase: “¿Qué irá a pasar el día de mañana con el que no sea reconocido? Va a vender un café corriente y eso sí que no vale nada”.