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Archivo de niños perdidos

  • FOTO daniel mordzinski
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06 de febrero de 2018
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Valeria Luiselli
Ciudad de México, 1983

Novelista y ensayista. Tuvo una niñez itinerante y bilingüe. Su mejor relación con el español la logró en la escritura: en ese idioma narró su primera novela. La más reciente, en cambio, la escribió en inglés.

Libro más reciente: Los niños perdidos. Un ensayo en cuarenta preguntas (2016).

I DESPLAZAMIENTO


Jetas al cielo azabache, duermen. Niños, niñas: abiertas las bocas, partidos los labios, los cachetes agrietados, las lenguas lijas. Acostados en hilera sobre el techo de la góndola del tren y tapados de empeine a barbilla –tiesos, apenas tibios– parecen cadáveres recientes. El tren avanza sobre las vías, paralelo al muro. Y el viento latiguea día y noche. Viene del norte y ulula. Araña bultos y maletas, serpentea entre los cuerpos dormidos, castiga espaldas, enreda mechones de pelo desamarrado, y arrastra arena, escoria y sonidos de la noche hasta las cuencas de las orejas de los niños, donde se caracola en remolino y se empoza para perturbarles el sueño. Algunos niños, dormidos, balbucean o rechinan los dientes, otros se sacuden cada tanto en espasmos. El hombre a cargo de ellos se ajusta la visera de la gorra, enciende la linterna, y los cuenta, oteándolos desde arriba. Cuenta: seis. Recuerda: siete menos uno.

II MAPAS

Se llevaron Biblias, escapularios, talismanes, fotos y cartas. Pero también advertencias, recordatorios y consejos de los parientes que los despidieron. “No te vayas abultado de penas, que no te va a servir de nada”, le dijo una madre a un niño cuando le besó la cabeza afuera de la puerta de su casa una mañana. Y una abuela le advirtió a su nieta mayor que tuviera cuidado con los “vientos que soplan de popa”.

Llegaron de lugares distintos, los seis niños que ahora duermen juntos sobre la góndola. Antes de empezar el viaje, iban a la escuela, paseaban por banquetas, se perdían en la trama intrincada de ciudades y barrios. Sus vidas empezaron muy lejos unas de otras, y no debieron haberse cruzado, pero se cruzaron. Y ahora avanzan, juntas, sobre la línea recta de las vías del tren. Dormidos, acomodados uno junto al otro, sus historias dibujan una sola línea que atraviesa un continente: una grieta, una cicatriz de fierro, una fisura que parte la tierra yerma en dos.

El hombre a cargo de los niños está sentado, cruzado de piernas junto a ellos, siempre vigilante. Hurga en el bolsillo de su chamarra y saca un encendedor. Lo arrima a la pipa que prensa entre los dientes y gira varias veces el engranaje del encendedor con el pulgar. Cuando por fin consigue una flama la acuna con la palma de la otra mano, a salvo del viento que sopla sin tregua. La flama le alumbra el tronco de la nariz y el arco de la frente, pero el resto de su cara se pierde en la oscuridad. No se ven ni sus labios escamados que maman humo de la boquilla de la pipa, ni sus cachetes inflándose y desinflándose como huachinango moribundo. Cuando inhala, el pozo de tabaco sisea y se ilumina en un enredo de circuitos anaranjados, como las ciudades nocturnas vistas desde arriba. Luego exhala, y la voluta de humo pardo se pierde en una corriente de viento. Un niño acostado junto a él gime y traga un poco de saliva.

El tren avanza sobre las vías, constante, paralelo al muro de concreto. “Chingado tren, cargándose esas vidas a la chingada allá”, dice una mujer a su marido cuando entra el silbido del tren lejano por entre el hueco de la ventana abierta de su cocina. Las ruedas del tren escupen chispas, crujen, gimen, y desde el fondo de sus entrañas metálicas se oye el sonido de mil chillidos, como si a su paso machucara racimos de pesadilla.

III CORRIENTES

Todos los niños quieren preguntar:

¿Cuándo llegamos?

¿Cuánto falta?

¿Podemos parar a descansar?

Pero el hombre a cargo no admite preguntas. Lo dejó claro desde el principio, mucho antes de abordar el tren, cuando todavía eran siete y no seis y tuvieron que cruzar el río puerco a bordo de la gran cámara. El camarero, dos ojos mansos y cansados, manos acochambradas, los había acomodado por peso alrededor del borde de la cámara. Después de recoger la cuota, se paró en el centro del tablón de madera atravesado sobre la cámara, clavó la punta de su pértiga de palo en la orilla del río, empujó, y la cámara se deslizó sobre el agua.

La cámara, antes de ser balsa, había sido intestino de una llanta, una llanta de camión de carga que no había cargado gente sino cajas, mercadería, bienes de consumo, hasta que un día se estampó con otro camión similar en la curva cerrada de una carretera sinuosa, y los dos se fueron dando tumbos por el desbarrancadero, hasta que tocaron fondo con un último estruendo metálico que reverberó en la noche quieta y se escuchó en una aldea cercana, de la cual, la mañana siguiente, llegaron varios curiosos a investigar la escena y a rescatar vestigios: de un camión, cajas de jugo para muchos meses, casetes de música, un escapulario colgado del retrovisor, y del otro, bolsas de polvo, quizás sea cemento, dijo uno, no seas pendejo, dijo otro, y durante una semana entera estuvieron yendo y viniendo, entre la aldea y el sitio del siniestro, llevándose todo lo que pudiera servir ahora o luego, y casi todo servía, salvo los dos cadáveres, aferrados todavía a sus respectivos volantes y cada día más descompuestos e innombrables, así que nadie supo qué hacer con ellos aunque el último día una señora les dio la bendición y, antes de que todos abandonaran para siempre o casi siempre la escena del incidente, los dos camiones reducidos ya a un esqueleto, a una insinuación irreconocible de sí mismos, unos muchachos tuvieron la idea de llevarse también las llantas, extirparles las cámaras, desinflarlas, y vendérselas al triciclero de la aldea, que pedaleaba todas las madrugadas hasta la orilla del río para vender ahí su mercancía, empanadas, agua fría, pan dulce y, a lo largo de varios viajes, más de cuatro decenas de cámaras para balsas.

Ahora la cámara se deslizaba sobre el río puerco y los siete niños se iban inclinando hacia el frente para mantener el equilibrio, abrazaban sus mochilas. Se habían quitado los zapatos, y los tenían prensados entre los dedos, a salvo de la salpicadera de la corriente.

La más grande de las dos niñas quería preguntar cuánto o hasta cuándo o cómo, preguntarle al hombre a cargo de los siete, pero todavía no encontraba la pregunta. Iba con miedo y con tiricia reciente. Trataba de no bajar la vista, no mirar el agua. Nomás voltear, se imaginaba ahogada, tragada por esa lengua larga y marrón del río, su barriga henchida y flotando en el caudal, ya luego escupida en quién sabe qué orilla muy lejos. Su abuela le había advertido que era el tipo de rio que “te miraba vengativo, como una serpiente moribunda”. Eso le había dicho a ella y a su hermana chica la madrugada en que ambas salieron de la casa siguiendo al hombre a cargo. No volteaba a ver el agua abajo pero tampoco quería alzar la vista para no verle la cara al hombre, que ahora la miraba a ella desde la sombra diagonal de su visera, los ojos dos cuevas sumidas.

Sin verlo a la cara, sin ver tampoco el agua café deslizándose abajo, puso los ojos en la pértiga de palo con que el camarero propulsaba la cámara, y por fin, siguiendo un rato el movimiento circular de los brazos del camarero, supo qué pregunta quería hacer. Tuvo la pregunta bien agarrada con la lengua un rato antes de soltarla, pero cuando la hizo, las palabras le fueron saliendo como tartamudeadas, como taradas, como puros pedazos y no palabras:

¿Cuánto la costa, para la llega, la costa tarda, tarda más, cuesta mucho?

Antes de responder, el hombre alargó un brazo lento hacia ella y le arrebató de las manos un zapato. Luego, lo dejó caer en una espiral que la corriente arremolinaba en el centro vacío de la cámara. El barquero siguió remando. Un poco de agua entró al zapato, pero el zapato permaneció a flote, resistiendo el arrastre de la corriente, dándose topes chicos y ciegos contra el interior de hule de la cámara. Mirando el zapato desde su sitio, y luego hacia la costa, el hombre a cargo se dirigió a ella:

Un trato te hago, niña. Vas a llegar al otro lado cuando este zapato llegue al otro lado. Pero si el zapato se hunde antes de llegar a la otra orilla, entonces te botamos de la balsa.

La niña miró a su hermana, más chica y menos tiriscienta que ella. Le hizo una seña para que cerrara los ojos, para que no mirara ni el agua ni al hombre ni nada, para que no mirara nada, y la más grande cerró los ojos, pero la más chica no hizo caso. La chica miró el agua, miró al hombre, miró hacia el cielo donde surcaban dos pájaros grandes, tal vez águilas tal vez buitres, y pensó son los dioses que flotan que cuidan y que saben.

La más grande permaneció con los ojos cerrados, intentando escuchar sólo el chapoteo de la barca contra el agua. Casi no escuchó las amenazas que el hombre a cargo siguió profiriendo y que llenaron los oídos de todos de terror. Le llegaban nomás retazos, “van a hundirse hasta”, cachos, “con la cara azul”, trozos, “alimento de los peces”. El golpeteo del hule de la cámara impulsándolos hacia delante, pensó la niña más grande, quizá sonaba como las quillas de los barcos majestuosos que navegaban por el horizonte, día y noche, en las historias que su abuela les contaba, y el viento que soplaba del norte ya estaba inflando la panza de tela de la vela, siempre hacia delante. Pero cuando abrió los ojos de nuevo, no había tela, ni vela, ni quillas ni nada, y en algún sitio oscuro de su entraña supo, mientras la cámara encallaba ya en la otra orilla del río puerco, que habían llegado, pero no habían llegado a ninguna parte.

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