x

Pico y Placa Medellín

viernes

0 y 6 

0 y 6

Pico y Placa Medellín

jueves

1 y 7 

1 y 7

Pico y Placa Medellín

miercoles

5 y 9 

5 y 9

Pico y Placa Medellín

martes

2 y 8  

2 y 8

Pico y Placa Medellín

domingo

no

no

Pico y Placa Medellín

sabado

no

no

Pico y Placa Medellín

lunes

3 y 4  

3 y 4

language COL arrow_drop_down

A vueltas con la memoria colectiva

  • EDUARDOPOSADA CARBÓ - DAVIDRIEFF
    EDUARDOPOSADA CARBÓ - DAVIDRIEFF
06 de febrero de 2018
bookmark

¿Recordar o no recordar? ¿Es el acto de memoria la única manera de entender el pasado y avanzar hacia el futuro, o puede más bien convertirseen una manipulación y un engaño?

EDUARDOPOSADA CARBÓ
Barranquilla,Colombia, 1956


Historiador y columnista. Profesor de Historia y Política de América Latina en el Centro Latinoamericano de la U. de Oxford. Libro más reciente: La nación soñada (2005).

“Debemos olvidar el pasado”, dijo Nelson Mandela, el líder surafricano. Anatema para cualquier historiador.

Eric Foner, profesor de Columbia, reconoció que simpatizaba con Mandela, “hasta cierto punto”, frente al imperativo de reconciliación en una sociedad arrasada por conflictos. Qué olvidar y qué recordar, señaló, “eran de suyo preguntas políticas”. Y paso seguido advirtió que la búsqueda de la libertad exigía “eterna vigilancia”, donde “los historiadores jugaban un papel vital”.

La preocupación de Mandela no equivalía a negar la validez de la historia. Se refería más bien a la transacción entre justicia y paz, necesaria para sacar su país adelante, con perdón y dosis de olvido.

Esa tensión entre justicia y paz se encuentra en el centro de la reflexión de David Reiff. Elogio del olvido (2017) es un libro sugerente, en particular cuando Reiff distingue entre “memoria colectiva” e “historia”.

No hay “memorias colectivas”; éstas son individuales. Lo que se ha llamado “memoria colectiva”, dice Reiff, se parece al “mito” y la “propaganda política”: la memoria ha comenzado a sustituir la historia. Peor aún: “se han puesto los estudios de la historia al servicio de la memoria”.

Habría que añadir que los ejercicios de “memoria colectiva” suelen producir un relato fijo y estático, en la medida en que se busca una narrativa común de lo acontecido (de lo contrario no sería “colectiva”). Todo lo contrario de la naturaleza de la historia, cuya búsqueda del pasado exige múltiples relatos en permanente revisión.

No debe sorprender por ello que los historiadores sospechen casi siempre de la “memoria colectiva”

DAVIDRIEFF
Boston, EE.UU., 1952


Periodista, editor y analista político estadounidense. Fue reportero de guerra en Bosnia, Afganistán e Israel. Libro más reciente: Elogio del olvido (2017).

Cuando hablamos de la memoria histórica o de la memoria colectiva estamos bailando con fantasmas. Es un proyecto peligroso, tanto moral como políticamente. Porque si uno pasa por alto todas las perogrulladas de beato, tanto las de los nacionalistas e idólatras del pasado espléndido del país (cualquier país) como las de los que idealizan a las víctimas de estas sociedades, se encuentra cara a cara con la realidad de que, a diferencia de la memoria individual, en términos estrictos la memoria colectiva no existe. Uno no podría presentarse ante un juez y prestar declaración en nombre de una colectividad. Esto seria misticismo y no jurisprudencia.

Insistir en este punto no quiere decir que la memoria colectiva y la conmemoración no tengan valor. Tienen una importancia capital, pero no como hechos neurológicos sino como metáforas esenciales para expresar la manera en la cual el presente juzga el pasado: lo que condena y lo que glorifica. Obviamente, estos juicios cambian en cada época —a veces, como es el caso ahora, radicalmente—, tanto así que con frecuencia las estatuas, los nombres de las calles y de muchos edificios importantes que encontramos diariamente en las plazas de nuestras ciudades no sólo no reflejan el consenso actual sobre los exploradores, políticos, generales, batallas e instituciones de que se tratan, sino que además nos parece ofensivos, inmorales. Y por eso la presión de cambiar nombres y quitar estatuas (que responde en algunos casos tontos a lo políticamente correcto en todo su narcisismo kitsch, pero en otros resulta absolutamente imperativo desde un punto de vista moral) puede parecer a personas de buena voluntad como lo mínimo que nuestras sociedades deberían pagar por los crímenes del pasado.

Que estos debates sigan es inevitable. Dado que es así, ¿cómo proceder de manera inteligente? Gómez Dávila escribió que “los gastos públicos deberían estar regulados por el más estricto formalismo para impedir esa espontaneidad fingida que tanto place al tonto.” Exageró, por supuesto, pero no tanto. Y yo diría lo mismo de la memoria colectiva y sobre todo de los nuevos esfuerzos de conmemoración, especialmente en las “post-guerras”

El empleo que buscas
está a un clic

Nuestros portales

Club intelecto

Club intelecto

Las más leídas

Te recomendamos

Utilidad para la vida

Regístrate al newsletter

PROCESANDO TU SOLICITUD