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Literatura | PUBLICADO EL 29 agosto 2021

“Reencuentros”: ¿Qué pasó entre Santos e Ingrid Betancourt tras Operación Jaque?

  • “Reencuentros”: ¿Qué pasó entre Santos e Ingrid Betancourt tras Operación Jaque?
  • “Reencuentros”: ¿Qué pasó entre Santos e Ingrid Betancourt tras Operación Jaque?
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  • “Reencuentros”: ¿Qué pasó entre Santos e Ingrid Betancourt tras Operación Jaque?

Dos de los personajes más importantes de la política del país hablaron de los años de la guerra: Ingrid Betancourt y el expresidente Juan Manuel Santos. En 544 páginas revelaron su visión de Colombia, el secuestro de la excandidata presidencial y la operación Jaque. La conversación fue moderada por el escritor Juan Carlos Torres y hoy EL COLOMBIANO revela uno de los capítulos del texto.

REENCUENTROS

JMS: Juan Manuel Santos

IB: Ingrid Betancourt

JCT: Juan Carlos Torrres

JMS: Cuando llegamos a Tolemaida, allá estaba parqueado el avión Fokker con el general Montoya y los rescatados adentro. Subí las escalerillas con el corazón en la mano, y a la primera que encontré fue a usted, Ingrid. Me acuerdo de ese abrazo, de esa emoción, como uno de los momentos más importantes de mi vida. Después de lo que había sufrido, verla a usted —que era mi amiga desde hacía tantos años— libre, sana y sonriendo era mi mejor recompensa. Conmigo subieron el embajador Brownfield y los demás comandantes, y todo se volvió un mar de abrazos y palabras de gratitud. Los estadounidenses y nuestros hombres, que habían estado viviendo ese suplicio por más diez años, nos saludaron con la felicidad estampada en sus rostros. Entonces la tomé de la mano, Ingrid, y así bajamos del avión. En la pista, los militares de la base aplaudían, gritaban vivas y tomaban fotos con sus celulares.

No acabábamos de bajar cuando mi edecán me pasó el celular. Era Yolima, que tenía a su mamá al lado. Le pasé el teléfono y usted pronunció esas palabras que luego repitieron los noticieros de todo el mundo: “¡Mamá, estoy libre! ¡Estoy viva! ¡El Ejército me rescató!”.

IB: ¡Qué momento! Eso fue como vivir un sueño: cuando salimos juntos del avión y vi toda esa tropa gritando, aplaudiendo y festejando. Y entonces, cuando me pasó el teléfono, yo dije: “¿Aló?”, y mi mamá preguntó: “¿Astrica?”. Mi hermana y yo tenemos la misma voz, y ella todavía no acababa de creer que yo estuviera libre. Yo le dije: ‘‘No, mami. ¡Soy yo, Ingrid!’’. Y entonces gritó de la felicidad. Esa conversación me la había imaginado, literalmente así, muchas veces en la selva. Fue una sensación muy rara. Siempre que me volaba, pensaba que iba a llegar a algún sitio, a un caserío, que alguien me iba a prestar un teléfono, que yo llamaría a mamá y que ella me iba a decir: “¿Astrica?”, y yo le iba a responder: “No, mami. ¡Soy Ingrid!”. Eso que había visualizado tantas veces fue exactamente lo que pasó.

JMS: Yo me acuerdo, Ingrid, de que cuando acabó de hablar con su mamá le pregunté si quería algo, y me dijo que un cigarrillo y un yogurt.

IB: ¿De verdad? ¡No me acordaba de eso! Yo estaba en otro mundo, y muchas cosas se me han olvidado, o simplemente nunca las registré. Pero no me extraña esa petición. ¡Un yogurt en la selva era un lujo inimaginable! Y lo del cigarrillo... a Dios gracias ya lo dejé.

JMS: Pedí que le trajeran eso, y nos fuimos a sentar a unas sillas que había en un extremo de la pista. Allí, mientras se fumaba el cigarrillo y se tomaba su yogurt, me comenzó a contar sobre lo dura que había sido su vida en la selva. Pero, sobre todo, me habló de los valores y la dignidad de los militares y policías con los que compartió los años de secuestro. Todos, excepto uno —que no vale la pena mencionar—, que le hizo la vida difícil. Recuerdo que me habló, en particular, del cabo Pérez, y me contó que él le había salvado la vida cuando estuvo tan enferma en la época de la última prueba de supervivencia.

Charlamos por unos diez minutos. Después volvimos al avión y volamos a Bogotá, donde esperaban su mamá, su esposo, algunos excompañeros de secuestro, los familiares de los demás secuestrados, y los medios de comunicación que ya habían regado como pólvora la noticia, no solo en Colombia sino en el mundo. Los estadounidenses se fueron en un avión de su país, acompañados por Brownfield, directamente de Tolemaida a San Antonio, Texas.

IB: En esos primeros instantes posteriores al rescate, me acuerdo con mucho cariño del general Montoya, que nos recibió abrazándonos y me alzó en el aire cuando me bajé del helicóptero en la pista de San José del Guaviare. Éramos como niños brincando de la dicha y luego corrimos a subirnos al avión que nos llevó hasta Tolemaida. En ese trayecto, me acuerdo de que le pedí permiso para ir al baño. A él se le salieron los ojos de la sorpresa y, después de un silencio, me cogió la mano y me dijo con mucha ternura: “Ingrid, aquí ya nunca tiene que pedir permiso para ir al baño”.

JCT: ¿Qué recuerdan de la llegada a Bogotá, cuando aterrizaron en el aeropuerto de Catam?

IB: Lo primero que vi al bajar del avión fue a mi mamá. Habían pasado seis años y medio, y me sorprendió el paso del tiempo, las huellas del sufrimiento en su cara. Pero también me impactó su belleza natural, y esa luz especial que irradiaba siempre, esa aura que tiene. Bajé lentamente las escalerillas, con miedo de caerme y también saboreando el aire fresco de la libertad, y nos abrazamos como si hubiéramos querido recuperar en ese abrazo todos los años perdidos. La sentí frágil, pero pensé que esa fragilidad era su fortaleza: la de una madre que nunca, ni un solo día, se rindió, que nunca dejó de luchar por mi libertad. En ese momento entendí que jamás nos habíamos separado. Ella había estado a cada paso conmigo.

Había mucha gente. Vi primero, sobresaliendo entre la multitud, el rostro de Jorge Eduardo Géchem, luego el de mi Luis Eladio querido, también vi a Clara, reconocí con sorpresa a algunos primos y familiares míos, y luego vi a mi esposo, que se acercaba indeciso detrás de mi mamá. Me dio gusto verlo, pues no me lo esperaba. A diferencia de mi mamá, cuyos mensajes escuchaba a diario en la radio, o de mis hijos, e incluso de Fabrice, el padre de mis hijos, de Juan Carlos no había sabido casi nada en todo el tiempo de mi secuestro. En la radio, los periodistas lo mencionaban algunas veces, y se referían a él como “el exesposo de Ingrid”, porque lo veían bien acompañado. Yo no quería juzgarlo. Habían pasado demasiados años. Por eso, cuando bajé del avión y abracé a mi mamá, y vi que detrás de ella llegaba Juan Carlos, me ilusioné. Él se acercó y, mientras me abrazaba, me preguntó: “Ingrid, ¿será que puedo seguir quedándome en tu apartamento?”. Su frase me cayó como un baldado de agua fría. Me eché hacia atrás, y le toqué la cara mientras le contestaba que sí, que no había ningún problema. Estaba resuelta a no dejar que nada dañara ese momento de gracia.

JMS: Fue un momento excepcional. Me acuerdo de que hubo una oración en la que Ingrid, su mamá y otros rescatados rezaron de rodillas. Después dimos una rueda de prensa, en la misma pista del aeropuerto, en la que los rescatados, los comandantes y yo mismo intervenimos y expresamos nuestra alegría, y también nuestro orgullo, por lo que acababa de pasar.

Se acordó que nos reuniríamos esa misma noche en la Casa de Nariño para que el presidente Uribe les diera la bienvenida. Entre tanto, mientras el general Montoya llevaba a Ingrid y su mamá a su casa, regresé a mi oficina. Yolima me estaba esperando con una llamada internacional. Era del programa de entrevistas del famoso periodista Larry King, en CNN, uno de los más vistos en Estados Unidos. Él ya estaba comunicado con el embajador Brownfield y con los tres rescatados estadounidenses, que viajaban en ese momento hacia Texas, y quería entrevistarme también. Tuvimos un diálogo muy amable en el que comparó la operación con el famoso rescate de rehenes de un avión secuestrado que ejecutaron comandos israelíes en Entebbe, Uganda, en 1976. King me comentó que uno de sus hobbies era estudiar las operaciones de inteligencia militar. Yo le dije: “Esta es mejor, porque en Entebbe hubo muertos, y aquí no se derramó ni una gota de sangre”. “Tiene razón”, me contestó (“How right you are”, fueron sus palabras).

JCT: Al otro día del rescate, Ingrid Betancourt viajó a París en un avión que envió expresamente el presidente Sarkozy a recogerla, en el que venían sus hijos. ¿Ustedes dos cuándo se volvieron a ver?

JMS: Nos vimos en París, al año siguiente, cuando viajé con María Clemencia a recoger a María Antonia, que se había quedado varios meses estudiando francés en el sur de Francia. Desde entonces, cada vez que paso por París, buscamos la oportunidad de encontrarnos. También, cuando fui a Oxford como profesor visitante, nos vimos en varias oportunidades.

JCT: Y usted, expresidente Santos, ¿qué hizo después de la operación?

JMS: A los dos días me fui para España, donde me reuní con el expresidente José María Aznar, que me invitó a su fundación FAES para hablar sobre el impacto de la operación Jaque en la lucha contra el terrorismo. El recibimiento fue impactante, la gente no paraba de aplaudir y de felicitarme. Entonces me di cuenta de que el secuestro de Ingrid —y ahora su rescate— había trascendido las fronteras mucho más de lo que uno pudiera imaginar.

Más tarde ese mismo mes, en una visita que hice a Washington, me reuní con el presidente Bush, que quiso verme para enterarse de primera mano de los detalles de la operación. No era usual que el presidente de Estados Unidos recibiera a un ministro de Defensa de otro país, pero Bush quería mandar un mensaje de gratitud a Colombia y a sus Fuerzas Armadas por el rescate de sus tres compatriotas.

En la entrevista con Bush sucedió algo muy simpático. Fui a esa cita con la embajadora Carolina Barco, mi antigua compañera de colegio, que tiene mi misma edad. Estábamos en la oficina del asesor de seguridad nacional en la Casa Blanca, que queda contigua al despacho oval, y de pronto irrumpió el presidente Bush, me dio un abrazo, me felicitó, y exclamó: “Yo sé quién puede desempeñar su papel en la película que hagan sobre esta maravillosa hazaña”. Yo quedé un poco sorprendido y le pregunté: “¿Quién?”. “Harrison Ford”, dijo Bush. Y Carolina terció: “No, me opongo”. “¿Por qué?”, le preguntó Bush. Y ella, muy seria, le contestó: “¡Porque está muy viejo!”. Después de que expliqué que habíamos sido compañeros de colegio, soltamos todos la carcajada.

$!Una conversación pendiente
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