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Canserbero, una vida atravesada por el talento, el don y la traición

El rapero venezolano Tirone González, mejor conocido como Canserbero, fue asesinado (según confesó Natalia Améstica) en enero de 2015 cuando estaba en el momento más importante de su carrera. Este es un ensayo sobre su carrera y el legado que dejó.

  • Kpu y Canserbero en su primera visita a Medellín. La foto fue tomada el 17 de octubre de 2011 en la carrera 70, horas antes de su fallida presentación en Revolución sin muertos, un festival que se realizaba en la comuna 13. FOTO: Edwin Bustamante Restrepo
    Kpu y Canserbero en su primera visita a Medellín. La foto fue tomada el 17 de octubre de 2011 en la carrera 70, horas antes de su fallida presentación en Revolución sin muertos, un festival que se realizaba en la comuna 13. FOTO: Edwin Bustamante Restrepo
27 de diciembre de 2023
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Todos los seres humanos viven las mismas cosas, escribió Borges, o dijo en alguna entrevista, y ya estoy harto de repetir esa frase, pero no encuentro una mejor. También dijo Salomón en el Eclesiastés, tres mil años antes, que hay tiempo para todo, es decir, que todos los seres humanos viven las mismas cosas. Nietzsche intuyó que la relación triste con su hermana, antisemita, era uno de los mejores ejemplos del eterno retorno: lo que siempre vuelve, lo que nunca se va, esa mujer que le hizo la vida difícil volvería tantas veces como dura el tiempo y así fue, y lo puso para siempre en el tiempo, ligándolo al nacismo y a Hitler; en una carta a un amigo fechada del 5 enero de 1888, Nietzsche escribió una frase extraña: “Soy todos los nombres de la historia”.

En uno de los diálogos de Oppenheimer —quizá el más importante, quizá el único diálogo—, la película de Cristopher Nolan, Albert Einstein le dice al propio J. Robert Oppenheimer, quien era ya “el hombre del momento”, pues había construido la bomba atómica: “Una vez organizaste un evento para mí. En Berkeley. Me entregaste un premio. Todos creían que había perdido la habilidad de entender lo que empecé. El premio no era para mí en realidad, era para todos ustedes. Ahora es tu turno de lidiar con las consecuencias de tu trabajo. Y algún día, cuando te hayan castigado lo suficiente, te servirán salmón y ensalada de papa. Darán discursos, te darán una medalla. Te darán una palmada en la espalda y te perdonarán. Pero recuerda que no será por ti. Será por ellos”. El que traiciona y el traicionado tienen un fin secreto —secreto para ellos mismos—: que lo que se amó, llegue a odiarse. En la página 450 de Prometeo americano (Debate, 2023), la voluminosa biografía de Oppenheimer escrita por Kai Bird y Martin J. Sherwin, hay una declaración del gran genio: “La física y la enseñanza de la física, que son mi vida, me resultan ahora irrelevantes”.

Mi abuelo tenía un dicho que repetía cada vez que comía sancocho con los pies metidos en una ponchera de agua caliente: “No hay peor enemigo que el de tu mismo destino”. A mi abuelo lo intentaron matar tres veces, las tres veces él mató primero. A Nietzsche lo traicionó su hermana, a Oppenheimer lo traicionaron sus colegas y al rapero venezolano Canserbero lo traicionó su mánager Natalia Améstica, según el testimonio que ella misma le dio a la Fiscalía.

El 20 de enero de 2015 se reportó que Tirone José González Orama se había tirado del décimo piso del edificio Camino Real, en Maracay, después de apuñalar al músico Carlos Molnar. Su cuerpo fue encontrado con los pantalones en los tobillos. La justicia venezolana cerró el caso rápidamente, creyeron el testimonio de Natalia y el de su hermano Guillermo Améstica: Canserbero “en medio de una crisis psicótica irrumpió en la habitación de Molnar con un cuchillo, apuñalándolo en reiteradas ocasiones (...) se había dirigido (sic) hacia la cocina, y en un acto de desesperación, se suicidó lanzándose por la ventana”. Eso fue todo. Caso cerrado. Hasta hace un par de meses, cuando la Fiscalía venezolana montó un show con videos en redes sociales, exhumación del cuerpo, visitas al edificio Camino Real y determinó que no hubo suicidio, hubo asesinato. Hace un día se conoció el testimonio renovado de Natalia:

“Tras esa noche, al grabar unos videos para Panamá, los niños se fueron con la abuela y se dio una oportunidad para hacerles un té, en ese té coloqué Alpram, dos blísters de Alpram, de 0.5 en una jarra de té. Ellos bebieron una taza cada uno y al momento de quedar somnolientos yo estaba en la cocina preparando la cena y al llegar Carlos vi como estaba y lo ataqué directamente al cuello, Carlos cae al piso, lo ataqué por la espalda y por el brazo y quien me ve es Tirone, se preocupa, pero él estaba también somnoliento, yo le explico que fue un ataque de ira, que no me pude controlar, y él cae en el sofá dormido, es cuando yo le doy dos puñaladas en su costado. Sin saber qué hacer, desesperada, llamé a mi hermano Guillermo para que me ayudara a resolver esa situación. Él llegó a las once de la noche acompañado de tres funcionarios del Sebin (Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional), los cuales desconozco su nombre, y ellos terminaron de arreglar la escena para que fuera un homicidio-suicidio”.

Natalia asesinó a su esposo Carlos Molnar porque le debía el dinero que habían invertido en una gira musical que habían hecho en diciembre de 2014 por Chile y Argentina; a Canserbero —dijo— lo asesinó porque nunca pudieron tener una amistad, porque él era indiferente, pese a que Molnar sería el productor del tercer disco en solitario del Can. El móvil, como dicen los policías, fue muy parecido al de Yolanda Saldívar, la asesina de Selena Quintanilla: cuando la admiración se convierte en odio y resentimiento. La traición no tiene que ser alevosa, puede venir suave como el aleteo de una mariposa: tengo las manos manchadas de sangre y mi corazón tan blanco, dice Lady Macbeth después de haber desatado el desastre y en su frase de falso amor revela su verdadera intención: no se cree culpable.

La noticia de Canserbero ha sido lo más buscado en Google en estos últimos días de diciembre. Su fama se extrapoló después de la muerte. En 2009, Canserbero era un hombre todavía desconocido cuando el periodista Alejandro Calle me lo enseñó en la mugrosa redacción del periódico El Mundo —El Mundo de Medellín—; por entonces todavía no era un mito y el rap no estaba de moda, como ahora, cuando todos se creen calle y hay miles de youtubers que practican freestyle en la comodidad de sus casas.

Canserbero —Caracas, 11 de marzo de 1988, el rapero más grande en español según Rolling Stone; hijo de José Rafael González Ollarves y Leticia Coromoto Orama; huérfano de madre a los nueve, rapero desde los once, huérfano de hermano a los doce; abogado— grabó cinco álbumes: “Can + Zoo / Índigos” (2007), una colaboración con Lil Supa; “Guía para la acción” (2007), “Vida” (2010), “Muerte” (2012), y “Apa y Can” (2012), una colaboración con Apache. Pero nada se compara a “Vida”, “Muerte” y un puñado de canciones —La vida como película y su tragedia, comedia y ficción, Querer querernos, Na, All we need is hate— que produjo con Leandro Ciro Áñez Grippa, conocido en el rap como KPU. Su encuentro fue como la unión de John Lenon y Paul McCartney, la de Alfredo Gutiérrez y Lisandro Meza, el encuentro entre Borges, Casares y las hermanas Ocampo. En fin: el encuentro de la genialidad.

La peor entrevista que le hicieron a Canserbero en su vida la hice yo en Medellín, en un hotel de la 70. Subí a su habitación, que compartía con KPU y otro rapero, hablamos un rato y luego bajamos a uno de los bares cercanos; nos tomamos unas cervezas. Llovía. Dijo que trabajaba en una empresa como analista de reclamos, que tenía horario de oficina, que grababa los fines de semana, que había estudiado Derecho, que a KPU le debía el sonido y que estaba leyendo Crimen y Castigo, de Dostoievski. Dijo más: “No soy un come libros, soy un curioso, siempre estoy investigando cosas, viendo documentales. Tengo un montón de libros y no me he leído ni la mitad de ellos. Lo que escucho es muy variado, ni siquiera la mitad de lo que tengo es rap, crecí escuchando rock. Me gustó el rap y me enamoré de él, pero me gusta el soul, el jazz, el blues, la salsa y hasta los boleros. Mi sonido también se debe a KPU, mi productor, que es muy inquieto y por eso en el álbum Vida hay pianos, guitarras y hasta saxofones”.

Recuerdo varias cosas: la voz suave de Canserbero, un terciopelo que me arrojaba un error de paralaje con la voz de las grabaciones siempre ronca; era tan joven, un muchachito; no medía más de un metro con setenta centímetros, la boina de poeta trasnochado que traía, y recuerdo también el silencio de KPU.

Hay un video que todos vimos en Youtube y se llama “Canserbero IMPROVISANDO-Freestyle”. Tirone lleva una camiseta blanca con un estampado de Da Vinci, tiene gafas de marco negro y lente angosto, va en la silla de atrás de un carro y quien maneja es KPU, quien dice: “La cámara me da full de miedo”, un chiste que todos celebran, pues se intuye como una provocación, pues no era un secreto que Tirone era tímido. El video se publicó hace doce años y tiene 64 millones de visitas, además de miles de copias en otros canales y otros miles de reacciones de youtubers que se quedan sorprendidos. Son cuatro minutos y medio de repentismo, de lenguaje, de insultos, de rapear lo que sucede: la admiración de la mujer que lleva al lado y que permanece en el estertor del éxtasis y un casi accidente inadvertido por la cámara.

KPU y Canserbero fueron amigos durante casi cinco años, hicieron oro; escribieron juntos, grabaron en bibliotecas caseras usando equipos sencillos, tomando ron, viajando. Las canciones que todos conocen, las hicieron juntos. Durante ese tiempo Tirone exploró las dualidades que hacen de su música una obra maestra: la bipolaridad, el amor, el odio, el deseo de venganza, el ansia de no decir por decir, sino de tener algo para decir. Antes de que hubiera esta explosión de terapeutas imbatibles que se van a fondo en el oficio imposible del consejo, él dijo en Na: “No se extraña / que salgan ejércitos / contra mi éxito / para buscar frenar el mar de mal que hay en mi léxico / les explico / que están perdiendo el tiempo conmigo / lo siento mucho amigo / pero mientras te digo / les digo / que ni con santos podrán cuando pierdo los estribos / estoy perdido / mi cerebrito está muy retorcido / no hay equivocaciones / cuando entrompo mis canciones”; y más adelante: “Muchos dicen que estoy loco y tal vez un poco /a veces pienso tengo un mecanismo inmenso dentro el coco / La doctora dice / que me deben medicar / pero sabe qué / en el fondo me fascina odiar / es tan brutal / algo natural de mis cromosomas / un Tairito y un Cansebero matándose en mis neuronas / cómo tú / vas a compararme con un idiota si se nota que tú / no eras más que de la copia, una copia”. Canserbero explora en el rap la dualidad, el ser muchas personas al mismo tiempo. Como Whitman cuando escribió siglos atrás: contengo multitudes. Los que escuchan, entonces, hijos del internet, se ven en ese espejo y entienden.

Al contrario de lo que sucedía con el reguetón, y con todos los raperos que vinieron después de él, Canserbero no quería sonar mejor, quería sonar peor, quería eliminar el fondo comercial de sus canciones, se sentía traicionado —no solo la canción Jeremías 17:5 es evidencia de esa verdad—: “Canserbero, ¿te estás puteando?, ya suenas a diario /como si yo pagara payola pa’ soná en tu barrio / tú eres bruto, ¿no ves que estoy viendo crecer los frutos? / si tu carrera tuviese cara juro que la escupo / me siento ya como un clavel en el pantano / por ahora a mí, el tiempo dirá quién son hermanos / y si no hay / tranquilazo me iré como vine al mundo / solitario / como un perro aullando en lo profundo / dile a tus padres que no puedes parar de escucharme / y que del hip-hop tienes hambre como vampiro por sangre / dile a tus hijos que dejen de analizarme / o pueden terminar con el cerebro volteao, por mi madre / yo no tengo miedo de decir lo que quiero / ya casi no arreglo los temas, me gusta que suenen feo”.

Con KPU fue su época dorada, y sin embargo, como el mismo cantó, “el más traidor puede que lo tengas de frente / bebiendo tus frías, o compartiendo tu cena caliente”. Tras la muerte de Canserbero vino un gran silencio, todos los raperos y sus cercanos sabían que lo habían matado, algunos creyeron que por dinero, pues se decía que era una mina de oro, en una sola semana su álbum “Muerte” había tenido cien mil descargas; y tras el silencio se escondió una pelea encarnizada por las regalías de la obra. La periodista Sara Kapkin —quizá la periodista que más sabe de rap en Colombia— escribió en El Espectador: “Después de la muerte de Tirone, su padre y único heredero, el señor José González, inició el proceso de registro por las obras musicales de su hijo que le fue otorgado por SAPI en 2017. Aún así, no ha podido tener control de las obras, pues estas ya habían sido registradas por Copyright en Estados Unidos en 2016. El registro lo hizo Leandro Añez a través de la Fundación El Canserbero, que tiene su sede en Miami. Aunque para ser más precisos, la empresa se llama CRIB MUSIC, Fundación El Canserbero es una especie de nombre ficticio, lo que en Estados Unidos se conoce como un DBA, que es un registro opcional que le permite a las empresas cosas como emitir facturas, abrir una cuenta bancaria, emitir cheques y firmar contratos con un nombre que no sea el de registro de la empresa”.

Tras la muerte, sobre la obra cayeron los chacales. Hace un par de días el Fiscal General de Venezuela, Tarek William Saab, anunció una investigación formal contra KPU por apropiarse de la obra del Can. Dijo Saab: “Se observa que este ciudadano ha transgredido la ley, no solo por el hecho de atribuirse la autoría de temas trascendentales de Canserbero, sino que ha realizado trámites ante las autoridades competentes emitiendo afirmaciones que son falsas”. De fondo suena esta frase de “Jeremías 17:5”: “Solo hay una cosa en ti que admiro / Y es que cómo siendo tan dos caras puedes todavía dormir tranquilo / Por mi parte bien, yo sonrío, pero por mi madre que no es bueno / Tener al Canserbero de enemigo”.

En la biografía de Oppenheimer hay dos relatos: el de un hombre que como Ícaro sube hasta el sol con su gran invento: las alas de cera. Su obsesión es una: la física, encontrar la clave de la energía nuclear. Por otro lado, está la vida: las intrigas, la traición —la propia y la de los demás—, un juego para el que no estaba habilitado. Mientras Canserbero escribía las mejores canciones de rap en español, que Nach o Residente solo podrían soñar, sus más cercanos buscaban la manera de meter sus manos en el dinero ajeno. Aquella noche del 17 de octubre de 2011 cuando lo entrevisté, Canserbero se preparaba para rapear en Revolución sin Muertos, un festival de rap que se hizo un par de veces en la comuna 13, sin embargo, no rapeó, no había dinero.

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