Como cada mañana, la mujer se acerca a la mesa del taller mecánico enfundada en un delantal azul oscuro. Ante la mirada recia de un Padre Marianito situado en un cuadro de la pared, alista herramientas para emprender la primera tarea del día. Las que toma son más que todo llaves de apriete de boca fija, hexagonales y de estrella acodadas. Casi no tiene que mirar el número que indica la medida de cada una, sino que las distingue a ojo.
Camina sobre el piso de cemento. Un automóvil la espera con el capó levantado. Se diría que un paciente la aguarda con la boca abierta. Y en su caso, esto no es una simple comparación o un torpe artificio con el que intente adornar esta narración: Marta Zapata es animista.
—Me siento como en un hospital y estos son mis pacientes —señala con la mirada otros autos que esperan turno. Aguardan a que sus manos o las de su esposo, Marco Tulio Piedrahíta, acudan a brindarles los auxilios en su especialidad: la electricidad—. Los cables son las venas por las que pasa la corriente de vida. Como médica, siento que tengo mis prioridades.
—¿Prioridades?
—Sí. El que está tirado en la calle y los taxis.
Aunque es de día, en breve serán las ocho, introduce una linterna de pilas en el vientre de ese auto para ver lo que hace, pues esos sitios permanecen oscuros. Logra desempatar dos cables o zafarlos del sitio del corazón donde van conectados, no sé bien qué hace, y, a veces sin mirar sus manos, cuenta que se hizo electricista hace catorce años. “Pero de lleno, unos doce”.
Es una pereirana llegada a Medellín hace casi 20 años, con hijos producto de un primer matrimonio. Esa unión, en un momento dado, no funcionó más. Se trasladó a Envigado, donde vivió con dos hermanas y sus dos hijos. Hasta que conoció a Marco Tulio, uno de los electricistas de autos más prestigiosos de Envigado, Marco Tulio, apodado Saladito por el sector de su procedencia, El Salado, en la zona suroriental de ese municipio. Y juntaron sus vidas.
Era “una mujer dediparada”, dice. Pero el destino tenía guardada una prueba para su fortaleza espiritual. Su hijo Joan Alberto murió en plena adolescencia. El médico le dijo a Marco Tulio: “o se la lleva cada día a su taller, para que se entretenga o alguien debe quedarse con ella en casa. No la dejen sola; se enloquece”.
Él la invitó a acudir a su taller para que se ocupara de atender las llamadas telefónicas y de llenar las facturas.
Atrás dejó a la ama de casa corriente, a la madre que se dedicaba exclusivamente a estar atenta a asuntos del hogar y del colegio de los hijos...
Un Renault 4, su graduación
Pasaban los días y con ellos dos años y Saladito encontró en Marta una asistente sin proponérselo. Parecía una instrumentista de sala de cirugía. Le pasaba las herramientas, le sostenía la linterna, le cargaba los cables o se encargaba de visitar a proveedores de repuestos en busca de insumos para las reparaciones. “Viéndolo a él, fui aprendiendo”.
Un domingo fueron a trabajar porque el hospital estaba a reventar. El ayudante se había ido de vacaciones “por ocho días que se estaban convirtiendo en veinte”.
—¡Uno sin quien le ayude y con tanto trabajo! —Renegó el electricista.
—Pues, yo le ayudo.
—Usted qué va a saber —dijo incrédulo—. Bueno, empiece con ese Renault 4. Bájele el arranque.
El avezado electricista se fue a arreglar otros carros. “Se olvidó que yo existía”. Como a las dos horas, volvió y preguntó cómo le estaba yendo. Y viendo que tenía las mismas piezas en la mano, la miró desconsolado, creyendo que no había pasado del principio.
—Ah, es que yo no soy una experta. Pero ensayémoslo a ver cómo quedó.
Él no podía creer que esta mujer que no había hecho más que acompañarlo en desvares y verlo trabajar, hubiera corregido el desperfecto. Que hubiera tenido la iniciativa de cambiarle la escobilla y poner todo en orden. Funcionó. Alegre, le dijo:
—De ahora en adelante, no me importa si las camas quedan tendidas o sin tender. Se me viene a trabajar conmigo. No volveré a conseguir otro ayudante.
Y Marta, quien al principio no soportaba bien los fuertes olores de la gasolina y la grasa, y todavía se incomoda con el del aceite, llegó a consolidarse en poco tiempo como electricista. “¿No le da pena, tía”, le decían en la familia. Y su hermana Elvira se preocupaba porque se había dedicado a una labor de mucho riesgo.
Un día de sus inicios, Tulio ebrio, vio entrar al taller a un propietario de taxis. John Jairo González, le dijo desesperado que necesitaba su Atos reparado. Conminó a Marta a que lo arreglara. “¿Yo?”. Desde ese momento, él espera que ella termine los trabajos para que se ocupe de sus carros.
Paola, una de sus hijas, llega a ayudarle. Aprendió electricidad varios años antes que ella. Sabe hacerlo, pero no disfruta el oficio. Sara y David, los dos hijos que tiene de su unión con Marco Tulio, no parecen disfrutar de esa labor, que a Marta se le convirtió en una pasión, en un deleite. A veces, hasta los domingos, convida a su esposo para que, en lugar de quedarse en casa descansando o de salir de paseo, vayan al taller a trabajar. “¿Lo más difícil? Encontrar la causa de una falla. ¿Lo que más me gusta? Arreglar las instalaciones de Atos”.
Marta Zapata es electricista automotriz, una labor en la que muy pocas veces se ven mujeres, pero que hace como una experta. Los carros son sus pacientes, pacientes que da de alta a diario.