Una vajilla que se hizo en honor al libertador Simón Bolívar hace doscientos años, una casa de doscientos años, un pilón de doscientos años, unos senderitos de cien años, los pastos que alimentaron ovejas de Everfit hace cuarenta años. En general la humanidad, una parte de ella, se esfuerza por cuidar recuerdos, por evitar que la hoguera del olvido devore ciertas cosas: las primeras risas de un hijo, los años de amor y manos juntas, la vida con los padres. En Fizebad, el club de El Retiro, son románticos de otro modo: quieren preservar la memoria de una tierra que guarda en sus recodos una parte de la historia paisa.
Como ya está dicho, Fizebad es un club ubicado en la vía a El Retiro, cerca a la represa la Fe, que tiene doce hectáreas, donde hay una casa con más de 200 años de historia, un restaurante para asociados, la nueva sede del famoso restaurante Casa Molina, hay pesebreras —allí reposan caballos de cantantes famosos, familias millonarias y empresarios connotados—, pastos para recreo, una capilla donde se ofician eucaristías y matrimonios de un minimalismo sorprendente. Ese pequeño club estuvo en riesgo hasta hace poco y dividió a algunas familias del oriente hasta que el pasado 10 de octubre un Tribunal Arbitral negó la pretensión de que se hiciera allí torres de edificio.
El asunto es enredado, pero ya lo había contado aquí de la siguiente manera: “La tierra, muy apetecida por constructores e inmobiliarias, es propiedad de poco más de 350 personas, muchas de ellas pertenecientes a prominentes familias de Antioquia. Conociendo el valor de esa tierra, una facción de los dueños está pujando por su venta; de otro lado están los que se oponen. Ambos lados niegan que haya una confrontación, pero lo cierto es que están en juego los predios y el patrimonio arquitectónico”.
Hace varios años, los 350 dueños —representados en la sociedad anónima Fizebad (Fizebad S.A.) del lote se desentendieron de su mantenimiento por diferentes circunstancias y cedieron la tenencia, el uso y el goce del mismo a la Corporación Hacienda Fizebad, para que esta administrara el club, cosa que han hecho hasta el día de hoy. El gran problema fue que el año pasado, en una asamblea de accionistas realizada en marzo, se habló de la posibilidad de vender el terreno y hasta llegaron dos sobre sellados con sendas propuestas económicas por parte de dos grandes firmas constructoras de Medellín. El asunto dividió a la Sociedad Anónima y a la Corporación.
Sin embargo, todo parece zanjado por el fallo del pasado 10 de octubre, el cual ha tenido a los representantes de la Corporación mucho más tranquilos, pero saben que algunos de los dueños que quieren vender no se van a quedar quietos, pues se trata de un terreno muy pretendido por los constructores, quienes ven la expansión de Medellín hacia la zona rural del oriente.
Alejandro Couttin es el gerente del Club y dice: “Se trató de un movimiento promovido al interior por unos socios que no quieren al club y que vieron, por la ubicación del lote en toda la vía, la oportunidad de un negocio inmobiliario, además de que tiene agua propia, un bosque hermoso. Entonces empezaron a dividir la torta de socios y se armaron, por llamarlo de alguna manera, dos bandos. Estaban así los socios proclub, que lo quieren conservar porque la hacienda va a cumplir 200 años, porque tiene mucha trascendencia su historia cultural, patrimonial y arquitectónica para el municipio de El Retiro. Y por otro lado estaban quienes querían vender”.
El asunto es que los dueños no pueden ir en contra del acuerdo que firmaron con la Corporación en 2019, y que le permite a esta hacer todo el aprovechamiento de la haciendo como club hasta el año 2039, hecho ahora ratificado judicialmente. Y, como si fuera poco, dada la reglamentación ambiental, en esa zona no se puede construir más de una vivienda por hectárea, lo que quiere decir que no se podrían hacer bloques residenciales, como pretenden algunos.
Dicen algunos socios que ya en el pasado, quienes hoy quiere vender pasando por encima del convenio firmado, vendieron una parte del lote para que se ampliara una parcelación vecina, “todo con artimañas oscuras”. Este es un argumento que tienen algunas personas para temer que puede haber una arremetida jurídica en contra del club y del patrimonio que allí hay.
Pero dice Couttin: “Finalmente, la Cámara de Comercio y el tribunal falló a favor del club, y ratificó la existencia de ese convenio de 20 años, de los cuales ya se han gastado cuatro. Pero ya estos señores están otra vez desacatando, están atacando por todos los lados, pero pierden porque los fallos de un tribunal es cosa juzgada. Y esto es importante mencionarlo, porque estos señores, que no representan a la organización, sí son socios, pero no hacen parte de la administración ni de la junta, son un grupo disperso, siguen acercándose a las constructoras para venderles el lote, se van a prometerles que ellos pronto van a coger el club para que alguien más lo opere. Están engañando a un montón de personas”.
El año pasado, Hernán Jaime Jaramillo, uno de los socios que se oponía a la venta, resaltaba que dentro de Fizebad “hay una casa-museo que, aunque no se haya declarado bien de interés cultural, tiene un valor histórico y arquitectónico incuestionable”. Y es aquí donde volvemos a la añoranza, a la idea de detener el olvido. Quienes quieren vender no parecen apegados de ningún recuerdo. Dijo también en su momento Pedro Juan Palacio: “La casa no es un museo. Es un salón muy lindo, donde se hacen eventos, pero no es un museo. Nadie lo visita”.
Más allá de la pelea jurídica, que por ahora y hasta 2039 la tienen perdida los que quieren vender, me llama la atención el lugar donde todos ponemos el valor de las cosas: en la nostalgia. Donde unos ven una casa preciosa, de chambranas y grandes puertas de madera, con ventanales que se abren como aletas de mariposa, otros ven solo materiales de construcción.
Un poco de la historia y de la nostalgia dicen que la casa fue construida en 1825 por Braulio Mejía (rionegrero) y Sotera Lorenzana (marquesa española) para aprovechar la extracción de sal, abundante para esa época, pues El Retiro fue conocido durante décadas por sus abundantes salinas. “La extracción de la sal requería de procesos en calderos y la fuente de calor (combustión de madera) dio origen a áreas libres de vegetación, más conocidos como potreros”, dice la historia recogida por el club, y continúa: “La hacienda pasó a manos de Don Raimundo Hoyos quien le da el nombre de Hacienda Fizebad, cuya traducción es ‘potreros del buen retiro’ en idioma hindi. Finalizando la década de los 50, la empresa Everfit Indulana decide iniciar su producción de lana en la hacienda importando ovejas de Nueva Zelanda y Argentina, llegando a tener en pastoreo más de 3.000 ovejas. En aquel entonces Jaime Posada y su señora esposa Ligia Moreno de Posada se dan a la tarea de recuperar la casa grande intentando reconstruir su arquitectura y mobiliario de la época, pero además deciden replicar un pueblito paisa con calles empedradas, iglesia, botica, tienda, y una plaza principal”.
A Everfit no le prosperó su negocio de ovejas y se vio obligada a vender el lote. En ese momento aparecieron dos posibles interesados: el Ejército Nacional y un hombre que aparecía como el nuevo millonario de Antioquia, el por entonces sospechoso narcotraficante Pablo Escobar.
Los vecinos de la hacienda Fizebad no querían tener al lado un batallón y mucho menos la plata caliente de Escobar, quien ya era famoso por sus fiestas y sus malas compañías, así que decidieron reunir ahorros y comprar la tierra.
Dice la historia: “Para el año 1985 nace lo que hoy se conoce como Corporación Club Hacienda Fizebad, un lugar apacible, de singular y exuberante belleza”.
Cualquiera que haya entrado a Fizebad, a su pequeña parcela organizada para los socios del club, puede comprobar que es de belleza singular, que simula una villita antioqueña, que la niebla baja de los árboles mansamente. En algún momento, todo será olvido.