En junio del año pasado Dani García Pulgarín interpuso una acción de tutela en la que exigía que el componente sexo fuera retirado de sus documentos de identidad. Es decir, que le borraran el marcador F de femenino, que ese espacio quedara vacío, o en su defecto le pusieran una X.
El pasado lunes la Corte Constitucional falló a su favor y le exigió a la Notaría Novena de Medellín que en un plazo máximo de ocho días incorpore el marcador NB (no binario) en su registro civil de nacimiento y a la Registraduría Nacional, en máximo un mes, hacer lo mismo en la cédula.
—¿Por qué instauró la tutela?—, le pregunto, mientras conversamos en uno de los pasillos de la Universidad Autónoma Latinoamericana, en el centro de Medellín, donde Dani adelanta su maestría en Educación y Derechos Humanos.
—Todo parte de mi tesis de grado de maestría, esto lo utilicé como argumentos, ahí está parte de mi experiencia de vida y más esas herramientas teóricas. Ahí reflexiono cómo en un momento no me reconozco como hombre y experimento la idea de lo femenino (se vestía como mujer y se puso prótesis). Después de entender que eso que nombramos femenino también me obliga a un deber ser de determinada manera, hubo un momento en mi cabeza que dijo no más, que no me quería ver ni como una mujer ni como un hombre, entonces quise proponer algo diferente, a las personas como yo nos toca librar muchas luchas.
—¿Y cuáles han sido sus luchas personales?
—Cuando voy al servicio médico y solicito un examen de próstata, por ejemplo, el sistema me dice que no me lo puedo hacer porque soy una mujer, como dice el documento, que ese es un examen solo para hombres. A esto se suman las exclusiones laborales por las políticas de las empresas donde preguntan si soy hombre o mujer.
—Esto que pasó por su tutela es histórico en Colombia. ¿Cómo se siente?
—Estoy muy contenta, plena, porque es entender que esa demanda es algo mucho más grande que yo misma, que puede ser un panorama diferente para la vida de otras personas que también se sienten incomodas con este sistema tan cerrado.
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Reconocer su sexualidad no ha sido lo más difícil para Dani. Hay algo más que eso: no acepta su pelo, no acepta que es rizada. Lleva 41 años cuestionándose por qué no lo tiene liso y sedoso como su madre, tías y primas. Casi todos los días se pregunta por qué le tocó una melena crespa y abundante. Dani tiene un conflicto con su pelo, sí, ese que la conecta con los hombres cuando va por la calle.
Después de ver en la pantalla a Angel Evangelista, uno de los personajes principales en la serie Pose, comenzó a reconciliarse con su cabello. Angel tiene un afro gigante, así como ella. Sin embargo, le sigue costando porque no faltan las persona que se le acercan y le preguntan que si lo que lleva es una peluca.
Vive en Medellín hace 20 años, nació en el Quindío. Disfruta mucho comer lasaña, así como Garfield. Sabe portugués y de la naturaleza lo que más le gusta son las rosas. En sus brazos y piernas tiene rosas tatuadas en colores.
Estudiar también le gusta mucho. Se la pasa horas y horas leyendo libros de crítica, de derechos humanos, de género. A veces, muy pocas veces, explora la poesía para sentirse emocionada, llena, para soñar un ratico.
Ahora estamos en una cafetería por la calle Maturín.
—Mi mamá no ha sido muy afín a mi proceso, no ha estado muy de acuerdo, sin embargo, ha visto que no soy la travesti del común a partir de las lecciones que le he dado, que a mí sí me gusta estudiar, que no amanezco en la calle. Ella tiene una excepción que soy yo.
—Y ella también, imagino, debe tener un lugar muy importante en su vida...
—Yo soy lo que soy gracias a mi familia porque nunca me han tirado a la calle a pesar de que en algún momento pensé que podía pasar. Me he ido, sí, pero he tenido la oportunidad de volver.
Dani es politóloga de la Universidad Nacional. Entró a estudiar allí con el anhelo de superarse así misma: no se quería quedar toda la vida en una peluquería, trabajó en salones de belleza durante 15 años.
Poder ingresar a la universidad fue cumplir un sueño. Y fue también de alguna manera superarse a sí misma, volver a leer, rodearse de gente mucho más joven. Era enfrentarse a una lista de temores: no sabía manejar un computador, hacer referencias bibliográficas ni escribir textos de forma estructurada. En 2014 se graduó con honores. Y la maestría que cursa actualmente en la Universidad Autónoma Latinoamericana la está haciendo gracias a una beca que se ganó.
—¿Cómo es su relación con la mamá?
—A veces se refiere a mí como él, pero cuando necesita que le maquille las uñas soy ella, también me dice que soy linda cuando le ayudo a lavar la loza. Yo no la corrijo ni le digo que me hable en femenino, soy tranquila con eso.
—¿Y en la casa cómo fue el tema del cambio de nombre a Daniela?
—Fue en 2015, mi mamá no sabía, ella se dio cuenta cuando llegó el señor de la correspondencia con el nuevo documento buscando a Daniela García, entonces cuando mi mamá lo atiende la puerta le dice que aquí no vive ninguna Daniela y yo de una pegué el grito y dije ‘amá soy yo’. Ella se quedó callada, nunca lo conversamos, desde ese día en mi casa soy Daniela. Ah, y el que tenía antes no era Daniel.
Es una mujer contracorriente. Si a la gente le molesta que llegue en tacones, llega en tacones. Si le dicen que los hombres no se maquillan ni se ponen uñas postizas, ella se maquilla y se pega uñas postizas. Le gusta romper con la estética de los lugares, incomodar. Cuando va por la calle y no llama la atención piensa que pasó desapercibida.
—¿Qué pasó luego de que decidió retirarse las prótesis mamarias?
—Comencé a reflexionar sobre ese volver sabiendo que se han tenido unas transformaciones y que por la experiencia que se vive no se vuelve al mismo lugar. Uno intenta ajustarse al modelo de sujeto social que se supone sí funciona bien, ser hombre o ser mujer para tener aspiraciones de un buen empleo, que le den a uno un lugar en la sociedad.
—¿Ahora qué siente que no tiene las prótesis?
—Me di cuenta que tener un par de senos significa una cárcel por todos lados. La única sensación que tengo de haber tenido prótesis en mi experiencia de vida fue haberme sentido amarrada y decepcionada por tanta violencia hacia las mujeres y lo femenino.
Para Dani, ser no binario va más allá de lo físico, de lo que se ve, y es también como se piensa. Hace un año y medio decidió suspender las hormonas.
—En todo mi proceso cuando me oriente en esa idea de la transición a lo femenino no solo usé tacones y me maquillé, también utilicé hormonas durante 20 años y por eso me dejó de salir vello corporal, ahora que las abandoné me estoy llenando de pelos en las piernas, las manos, la barba. Y no me importa, me siento muy bien así, muy tranquila.
Dani tiene muchos sueños y uno de esos es viajar a España para hacer una nueva maestría sobre Estudios de Género. También quiere que su tesis, con la que esta semana marcó un hito en Colombia, sea expuesta: tiene una serie de cuadros que hizo con la técnica collage y en los que trabajó la estética de lo no binario y la violencia contra las travestis en Latinoamérica.
—Quiero que mi trabajo se convierta en una herramienta pedagógica, que esté en una galería para que la gente se haga preguntas, se generen conversaciones, que no desaparezca—, dice Dani, mientras le da los últimos sorbos a un jugo de fresa en leche en una cafetería en el centro de Medellín.