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En Argentina los medios informaban sobre lo reducido de su agenda pública, las varias semanas que llevaba sin acudir a la Casa Rosada y la escasa comunicación con sus ministros.
Para dentro de un año, 24 de octubre de 2027, están previstas las elecciones presidenciales en Argentina. Hasta hace poco nadie tenía dudas de que el candidato más fuerte sería el aspirante a la reelección, el actual presidente libertario, Javier Milei. Desde su campaña fue muy claro en que buscaría dos periodos y que, pasados esos ocho años, trabajaría para que otros que asumieran su programa liberal y antiestatista pudieran estar “varias décadas” en el poder.
En la primera mitad de su mandato, que comenzó el 10 de diciembre de 2023, casi nadie en el mundo político ni en el empresariado dudaba de que Milei sería reelegido sin mayores inconvenientes. Pero pasada la mitad de esta primera etapa, las dudas comienzan a aflorar, y no por simple desgaste. Su imagen cae de manera sostenida desde febrero: hoy la desaprobación ronda o supera el 60%, más de siete de cada diez argentinos piden un cambio de gobierno y cerca del 70% siente que Milei gobierna solo para algunos sectores. El dato más corrosivo quizá sea que el 59% considera que la Argentina está peor que cuando él asumió.
El pasado primero de octubre, en París, Milei dijo que si no es reelegido en 2027 “los argentinos pagarán las consecuencias”. Y enfatizó que “si quieren vivir en un país próspero y acompañan las ideas de la libertad, vamos a enfrentarnos a los mejores cuatro años de la historia argentina. Si deciden otra cosa, pagarán las consecuencias por elegir el camino de la decadencia, que es el mismo de los últimos cien años”.
De la evolución de su programa de ajuste económico ya hablamos en este mismo espacio el pasado 12 de septiembre. La inflación, la sempiterna pesadilla de los argentinos, ha cedido. Pero el resto del cuadro se ha ido ensombreciendo: la pobreza, que el Gobierno exhibía como su gran logro, volvió a subir y alcanzó el 32,3% en el primer semestre de 2026 —más de cuatro puntos en medio año, con casi millón y medio de nuevos pobres y un 44,5% entre los menores de catorce—, justo cuando Milei proclamaba en Nueva York que había “sacado a 14 millones de personas de la pobreza”. A ello se suman un desempleo que trepó al 7,9%, salarios estancados y una actividad económica que se desplomó casi 3% en julio, su peor registro desde la pandemia, lo que reabrió el temor de la recesión.
Hoy nos preguntamos si el fenómeno Milei se está apagando. En el plano internacional sigue siendo un rockstar, papel en el que se siente cómodo y revitalizado, cuando ataca a gobernantes de izquierda o ajenos a sus postulados libertarios. Eso gusta a sus adeptos incondicionales, que no son pocos dentro ni fuera del país, pero por las formas y la visceralidad en que a menudo incurre le resta respetabilidad.
En su país, los medios informaban en agosto y septiembre pasados lo reducido de su agenda pública, las varias semanas que, sin estar en vacaciones, llevaba sin acudir a la Casa Rosada y la escasa comunicación con la mayoría de sus ministros. Lo paradójico es que una situación así la habían vivido los argentinos en la anterior administración del peronista Alberto Fernández, uno de los gobernantes más incapaces que haya padecido la gran nación del sur, un presidente títere que pasaba semanas sin actos de Gobierno y apenas atendía las graves crisis que su corriente política llevaba 20 años causando.
Contra eso se revolvió Milei, y su virulento discurso anticasta y anticorrupción, unido a sus promesas económicas, lo llevaron a la presidencia. Por eso resulta tan costosa la erosión de ese relato: los audios del caso de la Agencia Nacional de Discapacidad, que destaparon un presunto esquema de coimas en la compra de medicamentos y que salpican al entorno más íntimo del presidente —incluida su hermana y mano derecha, Karina—, dejaron al descubierto la fragilidad de esa bandera, aun cuando él calificó las grabaciones de falsas y la Justicia no haya imputado a la secretaria general. A ese golpe se suman el escándalo de la criptomoneda $LIBRA y el desgaste de su jefe de Gabinete, Manuel Adorni. Por eso, aislarse y reducir su agenda, cuando buena parte de su éxito político derivaba de su conexión con grandes sectores de opinión, no hará más que restarle opciones para la reelección.
“Mi principal rival soy yo mismo”, decía el presidente argentino a principios de mes. No lo decía como autocrítica; por el contrario, fue autoencomio: no reconoce rivales, y mucho menos a alguien que le dé la talla. Dijo que no vale la pena rebajarse a debatir con sus contrincantes –el más fuerte, Axel Kicillof, el eterno pupilo de Cristina Fernández–. Milei se puede estar enredando en sus propias redes de autocomplacencia y pegarse un golpe de realidad en los meses que restan hasta las elecciones. Aislarse, dejar de transmitir mensajes de eficacia gubernamental, despreciar el poder simbólico de un líder en acción y, ante todo, minimizar a un rival todavía potente como el peronismo, que no por comprobadamente malo es menos peligroso, podrían liquidar el programa de cambio político y estabilización económica que su país lleva necesitando durante décadas.