Se diría que el tema es oportuno, porque hace poco ha sido el rasgo distintivo de la tragedia de moda, aquella elegida por políticos y medios para manipularnos. La verdad es que nunca ha pasado de moda, nunca pierde vigencia, porque es una situación que está en el centro de la experiencia humana. La decisión de dar o no acogida, ofrecer y recibir hospitalidad, decir al que llega: “Esta es su casa” y que el que llega lo sienta de veras, forman parte de nuestra vida diaria. Basta pensar que cada uno de nosotros es por sí mismo un reino visitado con frecuencia por viajeros, y que las intenciones del que llega no siempre son fáciles de adivinar.
Leí en alguna parte que el extranjero es el que Dios envía. Extranjero no es sólo el que viene de otro país. Extranjero es el que tiene rasgos distintos, el que piensa distinto, el que ve el mundo de manera distinta; en sentido más amplio, es todo aquel que no es uno. He vuelto a encontrarme con la idea en un librito tan pequeño como hermoso –“Dar acogida: El motivo de la hospitalidad en la Telemaquia de Homero” (Eafit)–, de Mauricio Vélez Upegui.
Dos pasajes me parecen centrales en este libro. El primero es una cita. Son palabras de Menelao: “La misma bajeza comete quien anima a su huésped a que se vaya, cuando éste no quiere hacerlo, que quien se lo impide cuando lo desea”. El segundo es del autor: “La hospitalidad, sin perder un ápice de su irregularidad, deviene motor de encuentro interpersonal; y más, detonante que engendra la opción de un ensanchamiento de horizontes culturales”.
El libro de Vélez Upegui se concentra en los primeros cantos de La Odisea, aquellos en que Telémaco sale en busca de su padre. La voz diáfana, y no exenta de alegría, nos invita a observar los múltiples encuentros entre huésped y anfitrión: el tiempo y el lugar, la actitud del que llega y del que lo recibe, lo que revela el cuerpo del viajero, la mirada, el ademán, las preguntas al recién llegado, la función de la comida, la memoria y el relato (que encarna hechos y valores), los dones (servicios o regalos) que se ofrecen al viajero, la despedida y la deuda que se contrae con el encuentro (de una índole distinta a la deuda comercial). También hay espacio para el tema de la verdad –y su garante, el juramento–, sobre el ser como presencia y como lenguaje, y sobre el carácter performativo de la palabra “Bienvenido”.
El estudio se cierra con una reflexión sobre el motivo complementario del viaje. En toda situación de hospitalidad participa alguien que ha abandonado la comodidad de su hogar para internarse en territorios extraños. El viaje de Telémaco en busca de noticias de su padre es una iniciación que determina su nacimiento a la condición de héroe.
Las palabras de Menelao sobre las bajezas de los anfitriones no tienen mucho eco en “Dar acogida”. La decisión es clara. Al volver a La Odisea, los cantos de sirena se descartan para prestar atención a “su difuso, insólito e inverosímil magisterio”. El estudio de Vélez Upegui está lleno de empatía con la mentalidad homérica, da acogida a “una experiencia poética fundacional dadora de vida”, pues encuentra que en esa opción por la vida radica “su carácter imperecedero”.