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Samuel Castro
Miembro de la Online Film Critics Society
X: @samuelescritor
Pareciera que a Emerald Fennell, la talentosa directora y guionista de “Cumbres borrascosas” le llamó la atención el mismo pasaje de la novela que destacó A.O. Scott en el ensayo que escribió hace una semana en el New York Times, donde se preguntaba si, como dice la publicidad de la película, la de Catherine y Heathcliff era la más grandiosa historia de amor jamás contada. En esas frases de una carta que Cathy le escribe a Nelly, la otra villana de esta historia, compara su amor por Edgar, con quien se ha casado para superar la ruina a la que está condenada por la insensatez y las adicciones de su padre, con el follaje del bosque, que cambia con las estaciones, que se adapta a las circunstancias; mientras que su amor por Heatcliff es como las rocas, que son eternas. Un amor que no se desgasta, que aguanta los golpes.
Y digo que Fennell se fijó en las mismas frases porque una de las improntas de su adaptación, a la que le importa un pito la exactitud histórica o la correspondencia geográfica, es el contraste entre esos promontorios rocosos, como puñales volcánicos, que dominan el paisaje en el que Cathy y Heathcliff se enamoran primero y se desean después, con el jardín organizado, lleno de flores en macetas, perfectamente podado, que rodea la casa en la que vive con Edgar. Por supuesto que en esta vida que nos dibuja la directora inglesa, en la que Catherine ha cedido su voluntad para acceder a la comodidad, en la que se entrega al marido la valentía y la fuerza (y tal vez por eso en su noche de bodas el traje que diseña la oscarizada Jacqueline Durran usa materiales que parecen papel de regalo) para convertirse en una dócil ama de casa, lo salvaje no tiene cabida. De allí la predilección por los áspic en la mesa, ya sean de frutas del bosque o de pescados que flotan en gelatina, animales congelados en su movimiento. Como Cathy, que se ve a sí misma condenada a la quietud para no perjudicar su embarazo. O como Isabella, que vivirá el mismo proceso pero en dirección opuesta: pasará de ser la pupila juiciosa de Edgar a ser la mascota de su nuevo esposo, una bestia encadenada que escribe y ladra cuando se lo ordenan.
Porque en el cine de Fennell, donde los hombres son malos (el género, no la especie) y son violadores y se divierten maltratando a otros, como en “Hermosa venganza” o “Saltburn”, sus filmes anteriores, Heathcliff es la explicación a una pregunta de difícil respuesta: ¿por qué las mujeres se enamoran de hombres así? La respuesta no es obvia, ni en la novela ni en la película, pero Fennell se arriesga a insinuar que ese amor surge de la atracción que produce lo incierto, pero también y sobre todo, porque en un mundo poblado por fieras, necesitamos a una de nuestro lado para que nos defienda. Una que ponga la espalda ante los latigazos ajenos. Que sea una roca para guarecerse del naufragio que es la vida. Para su mala fortuna, Jacob Elordi no consigue definir bien ese encanto salvaje, y luce flojo frente a una Robbie que sí entiende la intensidad de Cathy: morir de amor como una forma socialmente aceptada del suicidio.