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Uribe no está cediendo: está resistiendo, y lo sabe

La tensión entre Álvaro Uribe y Abelardo de la Espriella revela un desafío que supera las fronteras de un partido: cómo una corriente política logra renovarse sin quedar atrapada en la autoridad de su fundador.

hace 1 hora
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  • Uribe no está cediendo: está resistiendo, y lo sabe

Por Alberto Sierra Rave - @albertosierrave

Colombia lleva décadas discutiendo cómo evitar el caudillismo, como si el problema fuera que existan liderazgos fuertes. No lo es. Todas las democracias los han tenido. La diferencia entre una democracia madura y una que no lo es no está en si aparecen figuras excepcionales, sino en si esas figuras logran resolver el problema más difícil de todos: la sucesión. Conquistar el poder puede ser una hazaña. Conservarlo, un mérito. Transformarlo en algo que sobreviva a quien lo ejerció es una prueba de otro nivel, y es la prueba que Álvaro Uribe tiene enfrente ahora mismo, no en abstracto, sino con nombre, fecha y cifras.

Faltan menos de dos semanas para que Abelardo de la Espriella asuma la Presidencia, y todavía no ha habido ni un café entre él y Uribe. José Obdulio Gaviria, uno de los hombres más cercanos al expresidente, llamó esta semana al círculo del presidente electo “el sanedrín”, y advirtió que quien intente tocar al partido “se enfrentará con el político más importante del siglo XXI”. Cuando le preguntaron por qué Uribe está molesto porque De la Espriella pidió personería jurídica para su propio movimiento, un trámite legal al que cualquier fuerza política tiene derecho, Gaviria respondió con una evasiva y remató acusando a ese movimiento de querer “destripar” al partido. Nada de esto es casualidad ni malentendido. Es una estrategia verbal, calculada para intimidar.

Esto no es fe ciega de sus seguidores, ni el simple peso de la costumbre. Es una decisión del propio fundador, tomada con plena conciencia de lo que arriesga si suelta el control demasiado pronto. Uribe hoy no tiene curul ni cargo público. La candidata que su partido llevó a la Presidencia sacó 1,6 millones de votos, contra los 10,3 millones de Abelardo. Con esa aritmética, la resistencia de Uribe no se explica por autoridad electoral. Se explica porque decidió que su legado se mide por cuánto territorio retiene, no por cuánto poder es capaz de transferir.

Esto no es un problema exclusivo del Centro Democrático, y sería un error leerlo solo como una pelea de derecha. Cualquier corriente política colombiana que construya su fuerza alrededor de un solo nombre enfrentará, tarde o temprano, la misma prueba: el petrismo ya empieza a insinuarla, con la disputa abierta sobre quién hereda ese proyecto cuando Petro deje el poder. Lo que decida Uribe en las próximas semanas no define solo el futuro de un partido. Define si la política colombiana, de cualquier orilla, es capaz de producir algo más duradero que la lealtad a un solo hombre.

La historia colombiana ha sido más eficaz construyendo liderazgos que construyendo relevos. Uribe tiene derecho a defender lo que construyó y nadie puede desconocer su papel en la política colombiana. Pero los grandes líderes saben conquistar el poder. Los grandes estadistas saben transferirlo. La pregunta es: ¿en qué momento termina una etapa y comienza la otra?

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