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Gracias a la Fundación Isla Animal, Patacón tuvo la primera vez que alguien lo encontró, lo curó y le dio oportunidad de tener primeras veces lindas.
Por Sofía Gil Sánchez - @ladelascolumnas
La vida está llena de primeras veces: el primer paso, la primera palabra, el primer beso. Esta semana tuve mi primera vez: la primera vez que viajé 462 kilómetros para rescatar a alguien.
No a cualquier alguien. A Patacón.
Un perro que también ha tenido muchas primeras veces últimamente: su primera cama, la primera noche en que durmió sabiendo que nunca volvería a estar solo, su primer collar, su primer juguete, su primer paseo sin miedo... no su primera familia, pero sí la verdadera.
Porque Patacón tuvo un antes lleno de primeras veces dolorosas. Un pasado que es difícil de contar y, sobre todo, de imaginar cuando lo veo ahora, con su cola moviéndose como si tuviera vida propia y con sus ojos mirándome con ese amor infinito que solo los animales saben dar.
Después de ser abandonado, Patacón vivió tres años en un parqueadero de maquinaria en Mamonal, Cartagena. Se quedó en ese espacio gris, entre camiones y ruido, sobreviviendo con las sobras que le daban los trabajadores. Pero en diciembre se quedó completamente solo. Nadie volvió. Y el hambre lo obligó a salir.
Entonces vino su primera vez más dolorosa (y la segunda en la que experimentaría la crueldad humana). La primera vez que sintió el aceite caliente en su piel. La primera vez que el hambre se mezcló con el dolor insoportable. La primera vez que pensó en rendirse.
Cuando lo encontraron, estaba tan herido y débil que creyeron que no lo lograría. Pero Patacón decidió que esa no sería su última vez. Y aquí estamos.
No sé si fui yo quien rescató a Patacón o si fue él quien me rescató a mí. Desde que nos vimos por primera vez, lo supe: no podía dejarlo ir. Y él, teniendo un millón de primeras veces que le daban motivos para temerle a los humanos, solo quería acercarse para dejarme claro que tampoco quería irse de mi lado.
Desde entonces, no nos hemos separado. Ahora su vida está llena de primeras veces felices. La primera vez que subió a un ascensor sin temblar. La primera vez que corrió en libertad sin miedo a ser abandonado, porque sabe que siempre estaré esperándolo. La primera vez que confió en que, pasara lo que pasara, alguien iba a volver por él.
A veces me mira, largo, como si aún no creyera que esta es su vida ahora. Como si se preguntara si de verdad merece tanto amor. Pero lo merece. Lo merecía siempre.
Patacón no es el único. Hay millones de Patacones en las calles, viviendo sus primeras veces más crueles: la primera vez que pasan hambre, la primera vez que alguien los golpea, la primera vez que aprenden que el mundo puede ser un lugar hostil.
Gracias a la Fundación Isla Animal, Patacón tuvo la primera vez que alguien lo encontró, lo curó y le dio la oportunidad de tener sus primeras veces lindas. Ellos transforman el abandono en segundas oportunidades. Pero no pueden dárselas a todos.
Ahí es donde entramos nosotros. Los que alguna vez nos enamoramos de las primeras veces de Patacón, de su historia de resistencia y amor infinito. Porque mientras lees esto, hay otro Patacón, en otra ciudad, con el cuerpo herido y los ojos tristes, esperando su oportunidad... esperando la primera vez que tú los mires y le digas: vamos a casa.