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Los mismos que permitieron que Daniel convirtiera a EPM en un fortín politiquero, hoy pretenden dar lecciones de control y transparencia. Gustavo Petro ya no actúa como un presidente, sino como un caudillo desesperado.
Por Sofía Gil Sánchez - @ladelascolumnas
Desde hace años, Gustavo Petro ha decidido jugar con fuego, pero esta vez, el incendio es eléctrico y amenaza con apagar a Colombia entera. Su Gobierno le debe $7,4 billones a las empresas de energía del país, más de la mitad a EPM. No se trata de un capricho ni de un favor, es una obligación de ley. Pero en la Colombia de Petro, la política energética se reduce a una sola estrategia: el apagón.
No es la primera vez que EPM sufre. Ya fue saqueada sin piedad por la politiquería de Daniel Quintero y su banda de forasteros que la dejaron al borde del abismo financiero. El Gobierno Nacional guardó silencio mientras los recursos de la ciudad desaparecían en contratos turbios a manos de sus aliados. Pero ahora que EPM defiende lo que es suyo, el Gobierno la persigue y le ordena al Ministerio de Minas hacerle una inspección, como si la víctima del saqueo fuera la culpable.
Los mismos que permitieron que Daniel convirtiera a EPM en un fortín politiquero, hoy pretenden dar lecciones de control y transparencia. Gustavo Petro ya no actúa como un presidente, sino como un caudillo desesperado... un dictador herido que no tolera que le exijan cumplir la ley.
Este es el comienzo de algo más grande... una estrategia que inició con Daniel. Si el Gobierno Nacional logra tomarse a EPM, nada lo detendrá para seguir atacando a las regiones que intentan hacerle control político. Hoy es Medellín, mañana puede ser cualquier otra ciudad que se atreva a reclamar lo que es justo. Y cuando el apagón llegue, sabremos que no fue una crisis, sino una venganza.
Pero Medellín no se rinde, porque nunca ha sabido hacerlo. No se dobló con Quintero y no se apagará con Petro. Esta es la ciudad que ha convertido crisis en oportunidades, y que no sabe de sumisión, solo de resistencia. EPM no es un negocio para repartir entre el poder. Es el alma de Medellín, el esfuerzo de generaciones, el orgullo de sus ciudadanos y la confianza de millones de colombianos.
Presidente, si es que aún lo es, pague lo que debe. No es un favor, es su obligación. Gobierne para todos, no para sus rencores. Si no lo hace, la historia no lo recordará como el presidente del cambio, sino como el que dejó la luz prendida y no pagó la cuenta.