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Ahora, aquel que convirtió a personas comunes en víctimas es presentado como gestor de paz... como si la sangre derramada pudiera lavarse con un nuevo título.

15 de noviembre de 2024
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Por Sofía Gil Sánchez - @ladelascolumnas

21 de mayo de 1997. El corregimiento de El Salado, en el sur de Bolívar, aprendía con la caída de cada hombre ejecutado sin piedad el nombre Salvatore Mancuso. La masacre ordenada por el líder de las Autodefensas Unidas de Colombia dejó más de 60 muertos y se convirtió en un símbolo del terror sistemático: la muerte ejecutada sin remordimiento, en nombre de una guerra sin sentido. Este año, un avión repatrió, junto a un personaje oscuro, los peores recuerdos de Colombia... sobrevoló los ríos de sangre que arrasaron con la esperanza de tantas víctimas que nunca vieron justicia y aterrizó como un gestor de paz.

19 de enero de 2000. En Cundinamarca, Rodrigo Londoño, como comandante máximo de las FARC, fue responsable de una de las peores masacres de la década: la Masacre de El Rosario. Sus camaradas de las FARC realizaron ataques indiscriminados contra la población civil: secuestraron, extorsionaron y desplazaron a las personas de sus tierras. Su presencia era una sentencia y su enemigo era cualquiera que se cruzara en su camino. Ahora, aquel que convirtió a personas comunes en víctimas es presentado como gestor de paz... como si la sangre derramada pudiera lavarse con un nuevo título. 20 de mayo de 2002. En las montañas de la Sierra Nevada, Hernán Giraldo se consolidó como el depredador de los pueblos, con más de 200 testimonios que lo acusaban de abusar de niñas y adolescentes. En la región, su nombre traía temor por una justicia que nunca llegaba. Esta semana no fue Hernán Giraldo el que le agregó una página amarga a la historia de esta tierra, fue el presidente Petro que lo designó gestor de paz, ignorando las vidas inocentes quebradas sin remedio.

15 de diciembre de 2003. El arquitecto de las emboscadas explotó una carretera en La Uribe, Meta, que dejó decenas de soldados fallecidos. Con una precisión implacable, los hombres de El Paisa tendieron trampas mortales en todos los caminos. Su placer eran las tácticas violentas y su lealtad, solo la guerra... para él, la paz era un concepto ajeno que interrumpía su misión de destrucción. En su nombre se carga un historial de masacres que hielan la sangre y, como si se pudiera cubrir el eco de las explosiones, ahora es sinónimo de paz.

2 de abril de 2008. En las profundidades del Caquetá Fabián Ramírez, uno de los comandantes más temidos en las FARC, supervisó el funcionamiento de un laboratorio de cocaína. En sus manos, las balas y la droga eran los ingredientes de una guerra sin fin que devastaba comunidades enteras. Un oscuro legado de sangre y polvo blanco que lidera la paz en un país que sigue luchando contra los fantasmas del narcotráfico.

14 de noviembre de 2024. Gustavo convirtió el calendario de sangre en una bandera de paz. 43 rostros criminales, con arrugas marcadas por la muerte, son presentados como el símbolo de la reconciliación. Los mismos hombres que destruyeron familias, comunidades y almas ahora son elevados como faros de moralidad, mientras las cicatrices de las víctimas siguen abiertas y el grito de justicia permanece ahogado.

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