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Qué esperar del silencio

El ruido es impositivo, acalla los mensajes de los animales y las protestas del río y de los árboles, incluso los mensajes de alerta que nos manda nuestro propio cuerpo.

hace 1 hora
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  • Qué esperar del silencio

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Estaba cansada de mí misma, aturdida por mi propia voz. Iba de evento en evento hablando, siempre hablando y, en las noches, mi vocecita interna se quedaba repitiendo todo lo que había dicho durante el día, no era raro que no pudiera dormir. Lo que nadie te advierte cuando escribes una novela es que no se trata de sólo de publicarla, también hay que promocionarla. La escritura exige introspección y recogimiento, la promoción es todo lo contrario: un derroche constante de bulla y energía.

Entonces tuve una idea: aislarme dos semanas y quedarme en silencio. Estuve rodeada de montañas, oyendo nada más que las chicharras, las ranas y los pájaros. Sembré muchísimos árboles. Leí la poesía reunida de Mary Oliver, que es la biblia de quienes amamos la naturaleza. En las noches la lluvia golpeteaba el techo de la casa, al fondo explotaban los grillos y los truenos. Y yo callada, sin mayor pretensión que ser un elemento más del paisaje, una espectadora a la espera de algo tan importante que no viene envuelto en palabras. ¿Qué esperaba? No lo tenía claro.

Una noche me topé con la historia de un norteamericano llamado John Francis que, tras presenciar el derrame de más de medio millón de galones de petróleo sobre la bahía de San Francisco, decidió prescindir del carro y ponerse a caminar. La gente le decía que estaba loco, que nada iba a cambiar. A todos los sitios a los que llegaba tenía que explicar sus razones; discutía con la gente sobre si una sola persona podía marcar la diferencia y esas discusiones lo dejaban agotado. Entonces decidió callarse un día entero. «Durante ese voto de silencio, me di cuenta de que no había estado escuchando a nadie, y de que ahora que lo estaba haciendo, posiblemente podría aprender algo». Debió aprender muchas cosas porque esas veinticuatro horas se convirtieron en una semana y luego en un mes y luego un año y luego en diecisiete años.

Yo tengo inclinación natural al silencio, por eso tiendo a aislarme cuando hay demasiado ruido interno y externo. Me callo para escuchar, para escucharme por dentro y, como dice Francis, para aprender. Porque el ruido atrofia las ideas, sofoca los pensamientos, impide la reflexión y la expansión del espíritu y la mente. El ruido es impositivo, acalla los mensajes de los animales y las protestas del río y de los árboles, incluso los mensajes de alerta que nos manda nuestro propio cuerpo. Creo que por eso estamos como estamos: rompemos el silencio con charlas sin sentido, con música a todo volumen, con el televisor encendido incluso cuando nadie lo está viendo; acallamos la voz de todo lo que nos rodea porque vivimos en un mundo que castiga el silencio, que ha olvidado que es de allí de donde venimos y a donde vamos cuando no seamos nada más que cenizas y olvido.

De pronto supe la respuesta a mi pregunta. Al callar, como Francis, yo no espero cambiar el mundo; espero cambiar yo; espero que sea suficiente.

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