Pico y Placa Medellín

viernes

2 y 8 

2 y 8

Pico y Placa Medellín

jueves

5 y 9 

5 y 9

Pico y Placa Medellín

miercoles

4 y 6 

4 y 6

Pico y Placa Medellín

martes

0 y 3  

0 y 3

Pico y Placa Medellín

domingo

no

no

Pico y Placa Medellín

sabado

no

no

Pico y Placa Medellín

lunes

1 y 7  

1 y 7

Por Rubén Darío Barrientos G. - opinion@elcolombiano.com.co

¿Cómo sería la cosa sin encuestas?

hace 1 hora
bookmark
  • ¿Cómo sería la cosa sin encuestas?
  • ¿Cómo sería la cosa sin encuestas?

Por Rubén Darío Barrientos G. - opinion@elcolombiano.com.co

La democracia colombiana sobrevivió décadas enteras sin encuestas. Aunque hoy parezca imposible de creer, la política no se cocinaba en estudios de opinión sino en las plazas, en las esquinas, en los cafés, en las tiendas de barrio y en las puertas de las casas. El candidato tenía que salir a sudar pueblo. El político sabía si iba creciendo cuando la tarima empezaba a quedarse pequeña y cuando la gente se volcaba a las calles. Es que la política se hacía a punta de garganta, empuje y zapatos gastados. Hoy unas elecciones sin encuestas ya ni siquiera se conciben. Sería como pedirle a un candidato moderno que haga campaña sin celular o sin asesor de imagen. La política nacional ha desarrollado una dependencia patológica del guarismo porcentual. Ni más ni menos que la democracia convertida en tablero bursátil. Pura dictadura del tracking sensacionalista.

Directorios completos caminando cuadras eternas repartiendo propaganda, casa por casa. Líderes barriales que conocían el árbol genealógico de cada elector y muchachos —chorreando engrudo— pegando afiches hasta el amanecer. La política, pues, olía a imprenta húmeda y pielroja. No a PowerPoint. El candidato tenía que abrazar prójimos, aguantar insultos y untarse de pueblo. No existía un encuestador diciéndole que debía “reposicionarse” entre mujeres urbanas de 25 a 40 años. Cuando se acostaba en la víspera, ni siquiera sabía realmente cómo iba. Y quizás ahí estaba la parte más decente de la democracia: la incertidumbre. Porque las encuestas no solo terminaron midiendo la política, terminaron domesticándola.

Hoy buena parte de los ciudadanos ya no votan por quien quieren sino por quien “tiene opción” (voto útil) lo que es, en el fondo, una elegante forma de extorsión psicológica. Y así asesinaron lentamente la libertad electoral. Ahora el elector actúa como apostador de hipódromo. Busca montarse en el caballo ganador para no “perder el voto”. Las ideas importan menos que la gráfica. La democracia terminó convertida en una competencia de percepción. Ya los candidatos administran ansiedad. Las encuestas se dan el lujo de declarar cadáveres políticos antes de tiempo, a las víctimas de la numerología electoral.

Lo más fascinante es que las encuestas fallan constantemente. Fruncieron con Trump. Sucumbieron con el Brexit. Se rajaron con el plebiscito en Colombia. Pero aun así seguimos tratándolas como si fueran tablas bajadas del Sinaí estadístico. Las encuestadoras terminaron convertidas en una especie de tribunal invisible de viabilidad política. Un país sin encuestas probablemente tendría menos estrategas y más líderes, menos Excel y más plaza pública, menos números y más contacto humano. Tal vez perderíamos precisión suiza, pero quizá recuperaríamos autenticidad. La política volvería a tener misterio. Los candidatos tendrían que conquistar electores y no porcentajes. Todo sería más impredecible porque la democracia no nació para ser administrada desde una gráfica de colores. Mejor dicho: el drama no es que existan encuestas, es que la política colombiana ya no sabe vivir sin ellas.

Encaramos el universo de la política convertida en laboratorio de mercadeo, donde azota la aristocracia estadística. Donde muchas veces se mide más el miedo social del momento que el voto real. Por eso, reitero, imaginar unas elecciones sin encuestas produce casi vértigo. Y tal vez eso asusta y asombra. Porque el pueblo todavía vota, pero primero necesita que una encuesta le diga por quién vale la pena hacerlo.

Sigue leyendo

Por Rubén Darío Barrientos G. - opinion@elcolombiano.com.co

Regístrate al newsletter

PROCESANDO TU SOLICITUD