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O si prefiere sentirse menos mal puede llamarlo amor —y sí, es amor— pero no olvide que también es un trabajo y que a menudo lo asume gratuitamente una mujer mientras usted sigue tan cómodo.
Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo
La sala de espera estaba abarrotada de gente. Tres nietas lloraban a su abuela. Cuatro hermanas esperaban noticias de su padre mientras comían paquetes de papas fritas y ordeñaban por turnos la máquina de café. Varias señoras —muchas— se aplicaban a una tarea similar consistente en enviar audios de wasap al grupo familiar con el fin de actualizar la situación del ser querido enfermo. Una hija —yo—, leía una y otra vez la misma página de un libro sin conseguir retener ni una sola línea mientras esperaba alguna noticia. Sólo hasta que renuncié a la lectura y miré a alrededor me di cuenta de que las diecinueve personas que estábamos en aquella sala de espera éramos mujeres.
Nosotras, contrario a lo que muchos convenientemente creen, no tenemos un instinto innato que nos haga más calificadas para cuidar —enfermos, mascotas, jardines, casas, niños—. No somos más empáticas ni más desocupadas, ni más amorosas. No poseemos una vocación especial que nos facilite la labor, no. Todos los adultos funcionales tenemos las mismas capacidades para cuidar —sí, ustedes también las tienen— lo que no tienen es el condicionamiento que a nosotras nos impide dejar de asumir dichas tareas porque hacerlo perjudicaría a la persona equivocada, como la madre que no le da la medicina a un niño para «castigar» a su pareja por no hacerlo y termina perjudicando al niño y no a la pareja, así.
El tema no es nuevo. En El invencible verano de Liliana, Cristina Rivera Garza escribió: «Las mujeres no solo llevamos el duelo; llevamos el registro de la salud del resto, la cita médica en la libreta, la dosis del antibiótico marcada con alarma. Cuidar no es solo un acto de amor, es una infraestructura invisible sobre la que descansa la vida de todos los demás». Y en Léxico familiar la Ginzburg hizo lo propio: «En nuestra casa, las mujeres siempre estábamos haciendo algo con las manos que aligeraba la vida de los otros: curar una herida con agua oxigenada, regar los geranios, darle de comer al gato y sostenerle la frente al enfermo. Los hombres deliberaban sobre la política del mundo; nosotras evitábamos que la casa se viniera abajo». En Retrato de una mujer en llamas Heloïse le comenta a Mariane: «Fíjate en las mujeres de esta casa. Mientras los hombres deciden los destinos del país en los salones, nosotras medimos el tiempo en platos servidos y sábanas lavadas. Si nos detuviéramos un solo día, el mundo se vendría abajo».
Si usted no se responsabiliza de las tareas de cuidado porque tiene otras cosas importantes para hacer, si no le gusta pedir permisos en el trabajo, si le sienta mal perder horas de sueño y sacrificar paseos y fines de semana, le tengo una noticia: nosotras también tenemos otras cosas importantes para hacer y tampoco nos gusta pedir permisos de trabajo y —qué casualidad— también preferimos dormir, pasear y descansar y, sin embargo aquí estamos, haciendo lo que usted no hace para que ni el mundo ni la casa se venga abajo. Puede llamarlo vocación. O si prefiere sentirse menos mal puede llamarlo amor —y sí, es amor— pero no olvide que también es un trabajo y que a menudo lo asume gratuitamente una mujer mientras usted sigue tan cómodo.