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Niñas, niñas, niñas

Por eso, en un país donde hay tanta desigualdad, violencia y abusos contra las niñas, no podemos eliminar la palabra que las designa del vocabulario.

hace 1 hora
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  • Niñas, niñas, niñas

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Es tan solo una palabra, dicen los que no tienen ni idea del poder de las palabras.

La mayor prueba de ese poder es que llevamos semanas hablando de la decisión del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar de retirar la palabra niña de su vocabulario institucional. Como era de esperar, varias colegas expresaron su desacuerdo en redes sociales. Hay que ver los comentarios que recibieron. Leí muchos porque me agarraron desocupada esperando una cita. Mientras lo hacía, imaginé que quienes están de acuerdo con eliminar la palabra niña del vocabulario son, paradójicamente, los que más la usan. Y encima la usan mal. Deben ser los mismos que la incluyen en insultos tipo: corres como una niña, tiene más fuerza una niña, brincas como una niña, lloras como una niña, te quejas como una niña, peleas como una niña, eres miedoso como una niña. No deja de ser curioso que para ellos insultar sí exista la palabra, pero para defender los derechos de las niñas no.

Sin duda, esas mismas personas que usan la palabra niña como insulto, la usan también como herramienta de infantilización. Son los que preguntan dónde está la niña de los tintos o la niña que atiende o la niña del micrófono o la niña del aseo. Se refieren a las mujeres usando la palabra niña para imponer su autoridad —ya sabemos que cualquiera, por pelele que sea, se cree superior a una niña—, la sorpresa que se llevarían si pudieran verse con los ojos de ellas. Otros usan el término con condescendencia, incluso con cariño, pero hasta el más tierno paternalismo denota asimetría. Una vez más, la palabra niña sí existe y sí la usan, pero sólo para sentirse superiores.

Me estaba acordando de uno de mis relatos favoritos de Alice Munro en donde una niña asume junto a su padre las labores de la granja: recoge fruta, alimenta a los zorros, atiende a los caballos. Cuando su hermano menor crece un poco, el orden patriarcal inevitablemente lo posiciona como el heredero natural de la autoridad y, como era de esperar, la niña comienza a ser relegada. Un día el padre lleva a la granja a una yegua vieja con la idea de matarla para alimentar a los zorros. Pero la niña se entera y la deja escapar. El hermano, por quedar bien ante su padre, la delata y entonces ella, que esperaba un ataque de ira o un castigo físico, lo único que recibe es una condescendencia devastadora por parte del padre quien, con una risita burlona, responde a la queja del hermano diciendo: «Déjala, es tan solo una niña».

Creo que queda claro que palabras sí importan. Que tienen impacto y poder. «Si digo agua, ¿beberé? Si digo pan ¿comeré?», se pregunta Pizarnik. La respuesta es no. No beberás ni comerás, pero visibilizará tu hambre y tu sed y sólo cuando se visibiliza un problema puede resolverse. Por eso, en un país donde hay tanta desigualdad, violencia y abusos contra las niñas, no podemos eliminar la palabra que las designa del vocabulario. Ya es mucho poderlas visibilizar y, sin embargo, eso no es suficiente, el verdadero reto es protegerlas y, sinceramente, qué lejos estamos.

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