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Colombia no necesita más rabia ni consignas vacías. Necesita liderazgo, sensatez y grandeza.
Por Mauricio Perfetti Del Corral - mauricioperfetti@gmail.com
Faltan pocos días para las elecciones de Congreso y las consultas interpartidistas. Tal vez hace décadas Colombia no enfrentaba una coyuntura política tan decisiva y, al mismo tiempo, tan abierta. Nada está definido. Y precisamente por eso cada voto cuenta.
En momentos así, la pregunta no es solo por quién votar, sino con qué criterios hacerlo. Lo primero, y más importante, es elegir candidatos y candidatas comprometidos hasta los tuétanos con la democracia, la Constitución y la separación de poderes. Que crean en la no violencia, en el diálogo y en la concertación. Nuestra historia reciente demuestra que las transformaciones duraderas no se imponen: se construyen con acuerdos. El Congreso no es un escenario para la imposición ideológica, ni el pensamiento único, sino para la deliberación responsable.
Segundo, el país necesita legisladores que entiendan la gravedad del momento económico. El manejo responsable de las finanzas públicas no es un asunto técnico distante: afecta el empleo, la inflación, la inversión y, en últimas, el bienestar de los más vulnerables. Prometer sin respaldo fiscal puede sonar atractivo, pero termina castigando a quienes se dice defender. Responsabilidad económica y desarrollo social no son opuestas; deben ir de la mano.
Tercero, el compromiso con la lucha contra la pobreza, la desigualdad, la informalidad y el hambre debe ser real y verificable. No puede ser una bandera retórica ni patrimonio exclusivo de la izquierda colombiana. Tiene que ser un propósito nacional. Exija propuestas claras, medibles y viables. Pregúntese qué ha hecho ese candidato antes para ampliar oportunidades y cerrar brechas.
Cuarto, Colombia necesita congresistas que crean en el desarrollo económico, en el sector privado y en el tercer sector, que entiendan que empresarios y trabajadores no son enemigos irreconciliables, sino actores llamados a concertar. El crecimiento no es un fin en sí mismo, pero sin crecimiento no hay empleo, ni ingresos, ni recursos para financiar derechos y el desarrollo social.
Quinto, mire la hoja de vida. La integridad no es negociable. Un candidato sin escándalos de corrupción, con trayectoria reconocida y propósitos superiores claros ofrece más garantías que quien basa su campaña en la descalificación permanente. La política no puede seguir alimentándose de la polarización como estrategia. Los más beneficiados con la polarización en nuestro país han sido los extremos.
También es clave que quienes aspiran al Congreso tengan interés genuino en temas estructurales: educación de calidad, atención integral a la primera infancia, oportunidades para los jóvenes, equidad y violencia de género, inclusión de poblaciones étnicas, campesinas y personas con discapacidad. El futuro se juega allí, no en el ruido de las redes sociales.
Votar en las consultas, por convicción o como voto útil, es igualmente legítimo. Lo que no es legítimo es la indiferencia. La abstención fortalece los extremos y debilita el centro político y democrático.
Colombia no necesita más rabia ni más consignas vacías. Necesita liderazgo, sensatez y grandeza. El país que tendremos en los próximos años dependerá, en buena medida, de la calidad del Congreso que elijamos ahora. Votar a conciencia no es un acto menor: es una forma de cuidar la democracia y de proteger el futuro.