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El heredero sin dique

hace 2 horas
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  • El heredero sin dique

Por María Clara Posada Caicedo - @MaclaPosada

La psicología criminal enseña que el signo más inquietante de una personalidad delictiva no es la impulsión al delito, sino la relación emocional que el sujeto establece con su propia transgresión. Lombroso advertía que la indiferencia ante el daño es una señal previa al acto. Hare demostraría después que la ausencia de vergüenza, incluso frente a hechos que humillarían al sujeto más cínico, es un marcador clínico de personalidad peligrosa. Hay quienes tiemblan, quienes se ruborizan, quienes experimentan culpa. Y están los otros: los que actúan sin pudor, sin conflicto interno, sin diques morales.

En Gustavo Petro, esas señales han estado a la vista desde hace décadas. Su manera de referirse al M-19, con un tono entre romántico y triunfalista, ante episodios cargados de sangre, secuestro y muerte, revela una neutralización emocional incompatible con cualquier conciencia sana. Donde la memoria debería producir solemnidad y pesar, él encuentra épica.

No se trata de diferencias ideológicas, sino de un patrón psicológico. Quien mira un pasado violento sin conflicto interno, muestra un nivel moral instrumental centrado en la conveniencia, no en los principios.

La criminología del control social es clara: cuando un individuo reincide en transgresiones sin ansiedad normativa, revela un desapego moral profundo y eso es lo que todos los días Colombia ve en Petro. Con el tiempo, ese patrón se ha fortalecido. Su permanente participación política desde la Presidencia, ignorando la prohibición constitucional que lo inhabilita, refleja esa sensación íntima de que la norma es decorativa, no vinculante.

Incluso en anécdotas personales aparece el mismo patrón. El episodio del Bois de Boulogne –“zona de tolerancia” conocida de París- lo narró como si fuera un paseo literario para leer a Marx, omitiendo el contexto moral evidente. Ese intento de sublimar la irregularidad mediante un barniz intelectual es típico de personalidades que neutralizan la culpa. No hubo vergüenza, solo evasión arrogante. Algo similar se observa en sus relatos sobre Panamá o Portugal, convertidos en pequeñas epopeyas personales donde la transgresión se disfraza de aventura y misterio (“algún día les contaré”) y nunca de responsabilidad.

Pero nada expuso tanto esa indiferencia moral como el día en que fue filmado recibiendo fajos de dinero en bolsas de basura negras. Ese instante habría destruido la reputación de cualquier dirigente; incluso los más descarados habrían mostrado nerviosismo, incomodidad, al menos un rastro de pudor. Petro no se inmutó. La explicación fue banal, la actitud imperturbable, la frialdad absoluta. Un ejemplo perfecto de la desconexión emocional ante la falta. Es ahí donde la psicología criminal reconoce otro rasgo cardinal: la incapacidad de sentir culpa, aún cuando la evidencia lo grita todo.

Lo propio ocurrió con la entrada de dineros no reportados a su campaña, con las decisiones indebidas en organismos de inteligencia, con las sombras que rodean a su círculo íntimo y con los episodios que comprometen a su propio hijo. Cada vez la misma fórmula. Cero incomodidad, cero temblor moral, siempre la culpa desplazada hacia enemigos externos, que se sintetiza magistralmente en su ya tan recordado “yo no lo crié”.

La sanción por violar topes electorales completa el cuadro. Para un dirigente con conciencia ética habría sido un llamado de alerta. Para Petro fue solo otro episodio para negar, reinterpretar y victimizarse.

Lo inquietante es que no está solo en este patrón. Otro aspirante exhibe la misma estructura psicológica, la misma inmunidad emocional ante el daño, la misma fascinación por narrarse superior a la norma. Se llama Iván Cepeda, y siendo el Heredero que heredó además todas las malas mañas de su antecesor, dizque quiere ser nuestro Presidente.

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