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Manos a la obra

El país está harto de diagnósticos. Es la hora de levantarlo de sus dolencias. Llegó el momento de encarar las realidades.

hace 45 minutos
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  • Manos a la obra

Por Alberto Velásquez Martínez - opinion@elcolombiano.com.co

Emotivo el discurso de posesión del presidente Abelardo de la Espriella. Lo que dijo, lo expresó con seguridad y firmeza. Sin medias tintas, sin vacilaciones. Abrió esperanzas, las que se habían perdido a los pocos meses de haberse iniciado el anterior cuatrienio. Enfocó sus planteamientos en puntos concretos que esperan los colombianos que se hayan realizado al final de su mandato. Es una difícil misión, que el país espera que se cumpla, ya que recibe un país lleno de incertidumbres y zozobras, descuadernado moralmente y con dificultades evidentes en materia económica, social, de orden público.

Un nuevo aire respira la nación. Renacen las ilusiones. Y para mantenerlas y concretarlas hay que comenzar sin tardanzas a hacer lo que se prometió en la campaña presidencial. No puede alargarse la disculpa de que se encontró una administración desordenada. La paciencia se agota si no hay acción. Y aunque no se puede exigir de entrada milagros –en la “Patria milagro”– cuando el derroche y la ineficiencia fueron los factores comunes del mandato anterior, también llega el momento en que los compromisos, que son sagrados, se tornan ineludibles para comenzar a ejecutarlos. No más extravagancias y fanfarrias. El país está impaciente por sentirse bien gobernado. Está harto y cansado de tanta pirotecnia verbal.

Colombia lucha por sobrevivir. No se ha dejado postrar ni vencer a pesar de los malos gobiernos que ha tenido. No se ha dejado doblegar, gracias a la fortaleza empresarial privada, a la resiliencia de sus hombres de trabajo, a la academia. Concluyó el gobierno más corrupto, de mayores escándalos en la historia nacional. Un país golpeado por el crimen organizado, el cual contó con la dolosa complicidad de organismos del Estado perforados por individuos de malas mañas que alcahuetearon y convivieron con fuerzas oscuras y demenciales.

El país está harto de diagnósticos. Es la hora de levantarlo de sus dolencias. Llegó el momento de encarar las realidades. De volver al imperio de la ley, a la vigencia de la justicia, de la autoridad, de la honradez, de la productividad, como lo dijo en su discurso de posesión el Tigre Abelardo. Recuperar la ética del lenguaje, recobrar la independencia plena en el pensar, en el actuar, en el moverse por toda la geografía nacional, sin retenes azarosos que condenan al secuestro, a las migraciones y desplazamientos a los inermes ciudadanos. Retornar al libre juego de la democracia en donde no haya fusiles que coarten las libertades y que impongan sus normas draconianas y vejatorias, aprovechando la pusilanimidad del Estado.

Lo que recibió el nuevo presidente es una nación rota pero difícil de doblegar. Valerosa. Que ha resistido malos gobiernos como el que acaba de expirar. Sabe Abelardo que tiene que ponerse el vestido de Jefe de Estado y no el de teatrero. Los tiempos ya comenzaron a contar. Gobernar con la eficiencia y pulcritud prometida en su discurso de posesión. Y saber que si todo se queda en esperanzas malogradas, en cuatro años estaremos nuevamente viendo correr la misma película del desasosiego. Y como decía el Chapulín Colorado, ¿sí habrá entonces quién pueda salvarnos?...

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