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Con el sol a la espalda, ando ligero de equipaje. Me demoré en obedecerle a Coco Chanel su consejo estrella: la moda, ante todo, es comodidad.
Por Óscar Domínguez Giraldo - oscardominguezg@outlook.com
Vamos tan rápido que ya no solo vestimos ropa sino conceptos, tendencias. La crónica especializada de Colombiamoda habla de que las colecciones tienen que ver con la resiliencia, el Corazón de Jesús, el duelo, la conexión con lo divino, la tierra, la teología, la nostalgia, la música, la filosofía budista, la impermanencia, palabreja que no aparece en el diccionario.
Lo que todavía no podemos hacer los mortales por más avanzados que estemos es salir a la calle a lo Mockus: con los jardines colgantes de nuestra babilonia sexual al aire.
Extraño no haber visto ninguna pasarela inspirada en el primer traje que circuló: la hoja de parra que lució mamá Eva cuando abandonó el paraíso. Claro que como no hay nada nuevo bajo el sol, los estudiosos estiman que en vez de hoja de parra mamá Eva tapó sus encantos con hojas de higuera. Y en lugar de manzana, Eva y Adán comieron higos o uvas.
Si me hubieran invitado de Colombiamoda a hablar sobre mis idilios con la moda diría que mi primera hoja de parra, perdón, de higuera, fue el pañal de tela que me pusieron cuando nací. En esa época el Corazón de Jesús nos monitoreaba desde la pared de la sala. Lo de la Sagrada Víscera es viejo.
Del pañal hice el tránsito a los pantalones corticos o bombachos que nos confeccionaba nuestra madre en su máquina Singer. Aquí hay una insólita conexión entre moda y teología: Para desembarazarse de mí, mi Coco Chanel casera prometió bajarme los pantalones si me iba de cura. Trato hecho. Mi madre les confeccionaba la ropa a mis hermanas. Solo se le escapó el traje de novia. Para mantenerse al día, compraba los famosos figurines o revistas de modas. De herencia, nos dejó la Singer.
Mi primera gran conquista sartorial consistió en aprender a amarrarme los cordones de los zapatos. Esta destreza me facilitó hacerme el nudo de la corbata cuando dejé de ser un mantenido y me tocó trabajar.
Con el sol a la espalda, ando ligero de equipaje. Me demoré en obedecerle a Coco Chanel su consejo estrella: la moda, ante todo, es comodidad. Los consejos de mi madre fueron: no se junte con malas compañía, sea agradecido, respete a los mayores y no sea tan generoso con lo que no es suyo.
Media docena de trajes enteros bostezan en mi clóset engordando polillas. Cuando algún amigo tiene “la costumbre de morir”, desempolvo alguna pinta. Tienen tantos años esos vestidos que han perdido y recobrado vigencia. La llamada ropa casual que visto sale con mis arrugas, la nostalgia y mi ocaso. Sugiero una pasarela que nos tenga como protagonistas a los viejos. No nos ninguneen: así como el oficio de Dios es perdonar, el de los octogenarios es gastarnos lo que tenemos.