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Tras conocer todas estas historias, sería bueno, aunque de pronto suene demasiado idealista, pensárselo dos veces antes de hacer compras en esos sitios turbios que no ofrecen sellos de autenticidad, pruebas de importación o impuesto alguno.
Por Lina María Múnera Gutiérrez - muneralina66@gmail.com
Parece que las fiestas de Navidad y Año Nuevo les han abierto el apetito, y las agallas, a los ladrones gourmet. Salmón ahumado, vinos finísimos, delicados parmesanos y lo último, doce toneladas de cheddar inglés, se han convertido en el botín favorito de estos pillos que preparan a consciencia sus golpes y que luego, como por arte de magia, desaparecen la delicada mercancía.
Los robos, que no son tan cuantiosos como cuando se habla de joyas, obras de arte o dinero en efectivo, sí constituyen duros golpes para la economía de sus productores, a menudo artesanos exquisitos que trabajan solo en pequeñas cantidades debido a la laboriosidad y el mimo que exigen sus productos.
Tal es el caso del queso cheddar elaborado a mano que unos desaprensivos encargaron a un distribuidor inglés y cuyo valor alcanzaba los 400.000 euros. Se hicieron pasar por distribuidores franceses de quesos a restaurantes y grandes supermercados, y el vendedor, encantado con la aceptación internacional de su queso británico, entregó toda la producción hecha por tres pequeños productores que han recibido premios tanto nacionales como mundiales y que suelen invertir doce meses en su proceso de maduración. Al igual que con los vinos, cada añada resulta diferente, y se somete a los críticos y especialistas del sector que suelen comentar con admiración que este cheddar “lleva al paladar el sabor complejo de la tierra”.
Pero los días pasaron y el pago nunca llegó, hasta que ya fue demasiado tarde y el rastro de los compradores se esfumó. Al parecer la banda preparó el golpe durante cuatro meses y se llevó el queso a Rusia y a Medio Oriente, aunque como ya todo el mundo está avisado, han tenido que recurrir a métodos más que ingeniosos para venderlo. Se cree que lo han fundido para que no se sepa su origen, igual a lo que ocurre cuando roban joyas de oro, de esa forma logran colarlo en el mercado negro, aunque su valor disminuya.
Menos mal que el vendedor londinense se ha hecho cargo de la pérdida y le ha pagado a las pequeñas granjas productoras que tienen entre seis y doce empleados cada una, de lo contrario semejante robo las habría llevado a la ruina. Lamentablemente, cada vez son más frecuentes este tipo de hurtos. En Italia se llevaron parmesano por valor de un millón de euros, en Holanda gouda y en Inglaterra salmón ahumado. En Alemania engañaron a un exportador que les entregó 65.000 botellas de un excelente pinot noir del 2020 y por supuesto nunca le enviaron el prometido pago.
Tras conocer todas estas historias, sería bueno, aunque de pronto suene demasiado idealista, pensárselo dos veces antes de hacer compras en esos sitios turbios que no ofrecen sellos de autenticidad, pruebas de importación o impuesto alguno. Seguro que se puede celebrar mejor, sabiendo que el esfuerzo y la dedicación que otros le imprimen a su trabajo ha sido correctamente remunerado.