Pico y Placa Medellín
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com
Su papá, que siempre encontraba una forma de sorprenderlo, accedió. Sería un esfuerzo económico adicional, pero alcanzable. Solo significaría apretar un poco algunos gastos personales y aplazar un par de caprichos que quería darse para su cumpleaños, uno especial, llegaba a los 50.
El muchacho no quería esperar un mes a la graduación y le había propuesto que le comprara el celular más costoso, el modelo que se lanzaría justo al final de las clases, apenas recibiera el informe final. Se comprometió a pasar todo en limpio, sin la incertidumbre de las recuperaciones de último minuto de años anteriores. El joven, que había decidido en algún momento vivir la mayoría del tiempo con él tras la separación, era consciente de las exigencias académicas y puso todo su esfuerzo en los resultados. Sabía que su padre lo que prometía lo cumplía. Era el valor de la palabra que siempre le enseñó.
Se imaginaba con el aparato en el grado tomándose selfies con amigos mientras lo felicitaban por tenerlo. Sentía que iba a ser fantástico entrar con él a la universidad. No sería el teléfono de un muchachito. El día llegó y valió la pena el trabajo. Todo en limpio. Imaginó que mínimo su papá, a quien le gustaba dar sorpresas, ya lo tendría listo en casa. Le había hablado tanto del color, el modelo y hasta la carcaza, que se habría adelantado a comprarlo.
Al llegar, abrió emocionado la cajita de regalo. No era el celular. El hombre era un amante de los libros y tenía ya más de doscientos en el apartamento. Le empacó uno que hablaba sobre cómo el esfuerzo es la recompensa y no el resultado. Su padre sonreía. El joven le dio las gracias por la sorpresa. Se fue a su cuarto y mientras empacaba lo necesario para irse a casa de su mamá, lo tiró al escritorio. Sin despedirse se marchó. Pasaron semanas. Su viejo celular acumuló notificaciones de mensajes y llamadas perdidas del papá, al que ya no quiso ver ni en la graduación. Tampoco acompañó al traidor que no cumplió su palabra en su cumpleaños.
El hombre manejaba la situación con la compasión de entender que a veces, simplemente a los hijos hay que dejarlos ser. En la vida no todo se puede controlar, como aquel video viral que lo demostraba y que su hijo vio mientras sentía que el alma se le desgarraba.
En la pantalla una nueva víctima de la inseguridad era asesinada en un atraco. La grabación era de una cámara de seguridad. Reconoció la zona y a su padre desplomándose en el suelo.
Tras las exequias, usando el mismo traje negro de su graduación, volvió al apartamento lleno de libros. Encontró donde lo había tirado el suyo. Esta vez lo abrió. En la primera página, su padre le había escrito “Hijo deseo que el esfuerzo por lo que deseas siempre alimente tu gran corazón...” y con una pequeña cinta, estaba pegado un bono de compra. “Te lo ganaste y yo cumplo lo que digo. Escógelo como lo deseas”.