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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com
El congresista, famoso por sus ataques de ira, en medio de un cruce de palabras abofeteó en público a un líder comunal muy joven. El político aspiraba a la candidatura presidencial del partido y el muchacho, a recibir el aval para ser concejal. Su reacción fue instintiva y cargada con la fuerza de su indignación. Le devolvió el golpe tan duro, que el congresista terminó en el suelo.
Humillado, el congresista acudió al director del partido exigiendo que no se apoyara la candidatura del joven y se le negara cualquier intento futuro por irrespeto a la jerarquía. Pero se tomo la decisión contraria. No solo se ordenó que se le otorgara el aval, sino que se le entregara una partida de financiación extraordinaria de varios cientos de millones de pesos para su campaña bajo la figura de “fortalecimiento de liderazgos”.
Personalmente tuvo que buscar al joven, ofrecerle disculpas públicas y entregarle el apoyo financiero. El joven aceptó el dinero, se tomó la foto de la reconciliación y el incidente de la bofetada quedó archivado.
Con ese capital el joven no solo ganó la elección, sino que financió una estructura política que lo llevó a conocer los recovecos de la burocracia y a prosperar rápidamente. En pocos años dejó de ser el líder de base para convertirse en un hombre de negocios con contratos públicos, camionetas blindadas y la posición de aquellos que se permiten preguntar ¿Usted no sabe quién soy yo?
Para entonces el director del partido llamó al viejo congresista y le preguntó si recordaba a aquel joven que lo había golpeado. El congresista admitió que la herida en su orgullo seguía intacta. El jerarca le dijo que lo citaría al despacho y una vez reunidos los tres, podría devolverle el golpe con todas sus fuerzas. El congresista dudó. Temía que un hombre ahora con tanto poder y recursos pudiera destruirlo, pero el jefe no preguntaba, daba una instrucción. Y así fue.
Tan solo entrar al despacho, le propinó un golpe seco en el rostro. La reacción fue nula. El ahora empresario parte de la maquinaria no se defendió, no gritó, ni siquiera fue capaz de sostenerle la mirada al agresor. El congresista estaba asombrado. El líder del partido, que solo miraba sin intervenir, le dijo que además de aceptar el golpe sería el encargado de financiar su nueva campaña presidencial.
Años atrás aquel joven no tenía nada más que su dignidad y estaba dispuesto a todo por protegerla. No fue el golpe lo que cambió, fue lo que ya no quería perder.