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Cuánta disposición tienes de entregar tu propia vida sin poderla vivir bajo tus términos para que los demás sigan pensando bien de ti y estés migajeando algún reconocimiento.
Por Lewis Acuña - www.lewiscuña.com
Quién necesita demostrar constantemente que vale más que los demás quizá está ocupado intentando convencerse de su valor. Hay personas que necesitan ganar todas las discusiones, demostrar que saben más que los demás y recordar, cada vez que pueden, el lugar que ocupan. Su manera de relacionarse consiste en establecer quién está arriba y quien abajo. Necesitan reconocimiento, obediencia y, sobre todo, tener la razón. Lo irónico es que esa aparente superioridad puede esconder una profunda inseguridad.
Sentirse inferior no significa serlo. Una cosa es reconocer una limitación y otra convertirla en sentencia sobre nuestra vida. La estatura, la apariencia, el origen o las capacidades pueden ser hechos objetivos, pero el significado que les damos cambia la manera en que nos relacionamos con ellos. Hay quien convierte una dificultad en una excusa para renunciar y quien la utiliza como punto de partida para crecer. La diferencia está siempre en lo que hacemos con aquello que nos incomoda.
Podemos convertir nuestras inseguridades en una forma de imponernos. Presumir, menospreciar a otros o exhibir nuestros logros puede servir para compensar la sensación de no ser suficientes. La competencia deja de ser camino de crecimiento y se convierte en carrera por demostrar que estamos por encima de alguien. Siempre habrá una persona con más dinero, reconocimiento, talento o resultados. Si nuestro valor solo depende de superar a los demás, nunca llegaremos a una meta. Esa necesidad de aprobación decide por nosotros. Elegimos quizá una profesión para complacer a nuestros padres, callamos una opinión por miedo al rechazo o renunciamos a una relación porque no soportamos la posibilidad de que alguien nos desapruebe. Vivimos pendientes de las expectativas ajenas y terminamos entregando a otros una decisión que nos corresponde. El problema no es querer que nos quieran. Es convertir ese deseo en una condición para vivir como queremos.
Es bueno entender que somos responsables de nuestras acciones, no podemos decidir cómo reaccionarán los demás. Puedes ofrecer ayuda y la otra persona puede rechazarla. Actuar con respeto y alguien tener dos piedras en la mano para ti. O quizá hacer bien tu trabajo pero no recibir el reconocimiento que esperabas. Cada quien responde por sus decisiones. Intentar controlar las de los demás es una batalla que nunca se va a ganar y nunca va a terminar.
La libertad personal pide aceptar que no siempre gustaremos, que habrá quien desapruebe nuestras decisiones y que no necesitamos competir con los demás para reconocer nuestro valor. La consecuencia de dejar de complacer a todo el mundo será perder aprobación de alguien, es normal. Habrá ocasiones en las que perderemos un privilegio, una posición, o una ventaja que creíamos que nos pertenecía. La pregunta es cuánta disposición tienes de entregar tu vida sin poderla vivir bajo tus términos para que los demás sigan pensando bien de ti y estés migajeando algún reconocimiento.